La gracia que transforma II

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📖 75. De una carta a otra
📅 23-08-2026
Inicio
Antes de comenzar nuestra travesía por la segunda carta a los Corintios, necesitamos detenernos un momento. No podemos simplemente pasar de 1 Corintios 16 a 2 Corintios 1 como si entre ambas cartas no hubiera ocurrido nada. Entre una y otra existe una historia, hubo viajes, encuentros, conflictos, lágrimas, cambios y nuevas intervenciones de Pablo en la vida de aquella iglesia.
La primera carta que hemos recorrido fue escrita para corregir una iglesia profundamente problemática, pero también profundamente amada. Pablo tuvo que hablarles de divisiones, inmoralidad, pleitos, idolatría, matrimonio, libertad cristiana, Cena del Señor, dones espirituales, orden en la congregación y, finalmente, de la resurrección. No fue una carta escrita desde la distancia emocional de un teólogo que simplemente analiza los errores de otros. Fue escrita por un hombre que amaba a una iglesia que le estaba causando mucho dolor.
Y ahora comienza una segunda etapa. La segunda carta a los Corintios es diferente. Tiene un tono mucho más personal, más íntimo y, en algunos momentos, profundamente doloroso. Pablo hablará de sus sufrimientos, de sus debilidades, de sus luchas, de sus viajes, de sus opositores y de la legitimidad de su ministerio. En algunos pasajes defenderá su apostolado con una intensidad que difícilmente encontramos en 1 Corintios. Pero, al mismo tiempo, encontraremos algunas de las declaraciones más hermosas de todo el Nuevo Testamento acerca de la consolación, la reconciliación, la nueva creación, la gracia, el poder de Dios manifestado en la debilidad y la esperanza cristiana.
Por eso necesitamos conocer lo que ocurrió entre ambas cartas. Cuando Pablo escribió 1 Corintios, estaba lejos de Corinto. La carta fue escrita probablemente desde Éfeso, una de las ciudades más importantes de Asia Menor, ubicada en la costa occidental de lo que hoy corresponde a Turquía. Desde allí Pablo desarrolló un ministerio considerable durante varios años.
Corinto, por su parte, se encontraba en Grecia, en una posición geográfica extraordinariamente estratégica. La ciudad estaba situada en el istmo que conectaba la Grecia continental con el Peloponeso, entre dos importantes puertos: Lequeo, hacia el golfo de Corinto, y Cencrea, hacia el mar Egeo. Esa ubicación convirtió a Corinto en un centro comercial, marítimo y cultural de enorme importancia.
No era una pequeña ciudad perdida en algún rincón del mundo antiguo. Corinto era una ciudad cosmopolita, atravesada por comerciantes, viajeros, soldados, esclavos, artesanos y personas provenientes de diferentes regiones del Imperio romano. Allí convivían distintas culturas, religiones y formas de pensamiento. Era, precisamente por eso, un lugar extraordinario para la expansión del evangelio, pero también un terreno complejo para una iglesia recién nacida.
Pablo había llegado allí durante su segundo viaje misionero, después de pasar por Atenas. Allí conoció a Aquila y Priscila, un matrimonio judío que había llegado desde Italia después de que el emperador Claudio ordenara la expulsión de los judíos de Roma. Pablo trabajó con ellos y permaneció en Corinto aproximadamente un año y medio, enseñando la Palabra de Dios.
De aquella labor nació la iglesia a la que ahora hemos dedicado tantos devocionales. Pero la historia no terminó cuando Pablo abandonó la ciudad.
Mientras la iglesia de Corinto enfrentaba sus propias dificultades, el mundo en el que vivía también estaba experimentando cambios. El Imperio romano continuaba siendo la gran potencia política del Mediterráneo. Cuando Pablo escribió sus cartas a los corintios, gobernaba el emperador Nerón, que había llegado al poder en el año 54 d. C. Al principio de su gobierno contó con la influencia de hombres como Séneca y Burro, pero posteriormente su gobierno adquirió características cada vez más autoritarias.
La iglesia cristiana todavía era un movimiento pequeño dentro de aquel enorme imperio. No tenía edificios monumentales, poder político ni influencia institucional comparable con las estructuras religiosas y sociales de su entorno. Los creyentes se reunían principalmente en casas y dependían de la enseñanza de los apóstoles y de la comunión entre ellos.
Y, sin embargo, aquella pequeña comunidad estaba comenzando a extenderse por ciudades estratégicas del mundo grecorromano. El evangelio había llegado a Corinto. Había llegado a Éfeso. Había llegado a Filipos, Tesalónica, Berea, Atenas y muchas otras ciudades. La iglesia estaba creciendo, pero ese crecimiento no significaba ausencia de conflictos.
¿Cuánto tiempo pasó entre las dos cartas? Aquí debemos ser cuidadosos, porque no conocemos con absoluta precisión cada fecha de los acontecimientos. La cronología de la relación entre Pablo y los corintios es compleja y los estudiosos han discutido diferentes posibilidades.
Sin embargo, podemos situar 1 Corintios aproximadamente en el año 54–55 d. C., durante el período en que Pablo se encontraba en Éfeso. Segunda de Corintios probablemente fue escrita alrededor del 55–56 d. C., después de una serie de acontecimientos que modificaron considerablemente la relación entre Pablo y aquella iglesia.
Por lo tanto, no estamos hablando de décadas. Probablemente había transcurrido aproximadamente un año, quizá algo más, entre una carta y otra. Pero en ese corto período habían ocurrido muchas cosas. Pablo no escribió simplemente una segunda carta porque se le ocurrió continuar el tema de la primera. Había una historia entre ambas.
Algo había sucedido en Corinto. Después de enviar 1 Corintios, Pablo continuó esperando noticias de la iglesia. Pero la situación no se resolvió inmediatamente.
En algún momento realizó una visita a Corinto que fue particularmente dolorosa. Pablo mismo hará referencia posteriormente a una visita marcada por la tristeza. Después de aquello parece haber escrito una carta muy severa, una comunicación que hoy no poseemos completa, en la que expresó con mucha firmeza su preocupación por la situación de la iglesia.
Mientras tanto, Pablo había enviado a Tito, uno de sus colaboradores más cercanos, para conocer personalmente cómo había respondido la iglesia.
Y ahora, cuando comenzamos 2 Corintios, la relación entre Pablo y los creyentes de Corinto se encuentra en un momento decisivo. Algunos habían recibido su corrección. Otros todavía cuestionaban su autoridad.bHabía personas que hablaban contra él. Algunos comparaban a Pablo con otros ministros. Otros aparentemente consideraban que su sufrimiento, su debilidad y su apariencia poco impresionante eran evidencias de que no poseía verdadera autoridad apostólica.
Y aquí comenzamos a comprender por qué 2 Corintios tiene un tono tan diferente. Pablo ya no está solamente corrigiendo comportamientos. Ahora está defendiendo el carácter de su ministerio.
Y para hacerlo tendrá que hablar de cosas que normalmente un líder preferiría ocultar: sus sufrimientos, sus lágrimas, sus debilidades, sus persecuciones, sus angustias y hasta sus propias limitaciones.
La segunda carta nos permitirá conocer a Pablo de una manera que difícilmente podríamos conocerlo solamente a través de sus argumentos doctrinales.
Esto es importante para nosotros porque fácilmente podemos leer las cartas del Nuevo Testamento como si hubieran caído del cielo en su forma definitiva, desconectadas de personas, lugares y acontecimientos reales.
Pero no fue así. Detrás de estas palabras había personas reales. Había una iglesia real. Había un apóstol que sufría por esa iglesia. Había creyentes que habían sido confrontados. Había personas que se habían arrepentido. Había otras que todavía resistían. Había colaboradores como Tito que viajaban llevando noticias de un lugar a otro. Había caminos, barcos, puertos, ciudades y peligros. Había persecución. Había enfermedad. Había lágrimas. Había reconciliación. Y, sobre todo, estaba Dios obrando en medio de todo aquello.
Por eso, cuando abramos ahora la segunda carta a los Corintios, no debemos hacerlo como quien comienza un libro completamente nuevo. Debemos hacerlo como quien continúa una historia. La misma iglesia. El mismo apóstol. El mismo evangelio. Pero una relación que ha atravesado nuevas pruebas.
Y quizás eso sea precisamente lo que hace que 2 Corintios sea una carta tan necesaria para nosotros. Porque muchas veces pensamos que una iglesia madura es una iglesia que ya no tiene problemas. Pero Corinto nos muestra algo diferente. Una iglesia puede haber recibido enseñanza sólida y todavía necesitar corrección. Puede experimentar dones espirituales y todavía tener inmadurez. Puede haber sido confrontada por la Palabra y todavía necesitar nuevas intervenciones pastorales. La madurez cristiana no consiste en llegar a un punto donde ya no necesitamos ser corregidos. Consiste en aprender a responder correctamente cuando Dios nos corrige.
Y eso es precisamente lo que veremos en la travesía que ahora comienza. Pablo continuará hablando de Cristo, pero también hablará de sí mismo. Hablará de la consolación que Dios ofrece en medio del sufrimiento, de la reconciliación, de la nueva alianza, de la transformación que produce el Espíritu, de la gloria de Cristo, de la generosidad cristiana y de un principio que atravesará toda la carta: el poder de Dios se manifiesta de manera extraordinaria precisamente cuando reconocemos nuestra debilidad.
Quizás por eso la segunda carta a los Corintios no debe leerse simplemente como una defensa del ministerio de Pablo. Es también una invitación a comprender qué significa servir a Cristo cuando el camino no es fácil.
La primera carta nos mostró una iglesia que necesitaba ser corregida. La segunda nos permitirá mirar más profundamente el corazón del hombre que la estaba corrigiendo.
Y al hacerlo descubriremos que Pablo no era un hombre invulnerable, ni un líder que nunca sufría, ni un apóstol que caminaba por encima de las dificultades.
Era un hombre sostenido por la gracia. El mismo principio que encontramos al final de 1 Corintios continúa ahora delante de nosotros.
La obra pertenece a Cristo. La iglesia pertenece a Cristo. El ministerio pertenece a Cristo. Y también nuestras propias vidas. Por eso, antes de abrir la segunda carta, podemos hacer nuestra la pregunta que acompañará esta nueva travesía: ¿Qué puede hacer la gracia de Dios cuando una vida, una iglesia y un ministerio atraviesan el dolor, la oposición y la debilidad?
La segunda carta a los Corintios está a punto de responderla. Y la respuesta volverá a conducirnos al mismo lugar: Cristo.
¿Estoy dispuesto a permitir que Dios siga trabajando en aquellas áreas de mi vida que todavía necesitan ser transformadas? ¿Cómo reacciono cuando la Palabra de Dios confronta mis actitudes, mis decisiones o mi manera de servir? ¿Estoy aprendiendo a reconocer que incluso en medio de las dificultades, los conflictos y las debilidades, la gracia de Dios continúa obrando?
Oración
Señor, gracias por tu Palabra y por la oportunidad de seguir recorriendo la historia de la iglesia de Corinto. Gracias porque en medio de sus errores, conflictos y debilidades podemos reconocer también tu paciencia, tu gracia y tu fidelidad. Ayúdanos a acercarnos a esta segunda carta con un corazón dispuesto a aprender, a ser confrontado y a crecer. Permite que podamos reconocer nuestras propias debilidades y comprender que tu poder no depende de nuestra perfección. Mientras comenzamos esta nueva travesía, abre nuestro entendimiento para conocer mejor a Cristo y enséñanos a servirte con humildad, fidelidad y perseverancia. En el nombre de Jesús. Amén.
📖 76. El Dios de toda consolación
📅 24-08-2026
Inicio
2 Corintios 1:1–7
“Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación”.
Después de todo lo que hemos recorrido en la primera carta, resulta significativo que Pablo comience esta nueva etapa hablando de consolación.No comienza defendiendo su autoridad. No comienza recordando los problemas que todavía existían en Corinto. No comienza reclamando que le hubieran hecho caso. Comienza mirando hacia Dios.
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación”. Es una manera extraordinaria de comenzar una carta, especialmente cuando sabemos que la relación entre Pablo y los corintios había atravesado momentos difíciles.
Pablo había sufrido. Había sido cuestionado. Había llorado. Había enfrentado oposición. Y, sin embargo, cuando mira hacia atrás, no comienza hablando de quienes lo hicieron sufrir. Comienza hablando del Dios que lo sostuvo.
Quizás aquí encontramos una de las primeras grandes enseñanzas de esta carta: la manera en que interpretamos nuestro sufrimiento depende muchas veces de hacia dónde dirigimos nuestra mirada.Podemos mirar permanentemente a las personas que nos hirieron, a las circunstancias que nos golpearon, a las puertas que se cerraron, a las injusticias que sufrimos o a las dificultades que todavía no comprendemos. Y mientras más fijamos nuestros ojos allí, más grande parece convertirse el problema. Pablo, en cambio, levanta la mirada. Y encuentra a Dios.
“Padre de misericordias y Dios de toda consolación”. No dice simplemente que Dios da consolación. Lo llama el Dios de toda consolación. Toda. No solamente algunas formas de consuelo. No solamente aquellas situaciones que podemos resolver. No solamente los problemas pequeños. Dios es la fuente de la consolación que alcanza incluso aquellas circunstancias en las que nosotros ya no sabemos qué hacer.
Y aquí necesitamos recordar algo acerca del mundo en el que Pablo estaba escribiendo. El sufrimiento no era una experiencia extraña para los cristianos del primer siglo. Las comunidades cristianas vivían dentro de un mundo dominado por Roma, donde las diferencias religiosas podían tener consecuencias sociales y, en determinados lugares y circunstancias, también legales. Los cristianos no tenían la protección institucional que muchas veces damos por sentada hoy. Ser seguidor de Cristo podía significar perder relaciones, oportunidades económicas, prestigio social y seguridad.
Pablo conocía esto no solamente por teoría. Lo había experimentado en su propio cuerpo. Había sido golpeado, encarcelado, perseguido, rechazado y expuesto a peligros constantes. Pero lo sorprendente es que no interpreta esas experiencias como evidencia de que Dios lo había abandonado. Al contrario. Las convierte en una oportunidad para conocer más profundamente al Dios de toda consolación. Y aquí aparece una verdad que puede cambiar nuestra manera de mirar las pruebas.
Pablo dice que Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación”. La consolación que recibimos de Dios nunca fue pensada exclusivamente para nosotros. El consuelo recibido puede convertirse en consuelo compartido. Eso significa que nuestras heridas, cuando son llevadas delante de Dios, pueden convertirse en instrumentos para acompañar a otros. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo. No porque debamos buscar el dolor. No porque toda experiencia difícil tenga una explicación sencilla. Sino porque Dios puede tomar aquello que quiso destruirnos y utilizarlo para convertirnos en personas capaces de comprender el dolor de otros.
Hay personas que saben dar consejos, pero nunca han aprendido a llorar con quienes lloran. Hay personas que conocen muchas respuestas bíblicas, pero no saben sentarse junto a alguien que está atravesando una noche oscura sin intentar solucionar todo inmediatamente. Pablo conocía las Escrituras. Conocía la teología. Conocía el evangelio. Pero también conocía el sufrimiento. Y eso le permitía hablar de la consolación desde un lugar diferente.
Quizás por eso algunas personas que han atravesado el dolor terminan convirtiéndose en instrumentos extraordinarios de Dios para acompañar a otros. El que alguna vez necesitó que alguien se sentara a su lado puede aprender a sentarse junto a otro. El que alguna vez lloró solo puede aprender a acompañar al que ahora llora. El que alguna vez necesitó escuchar “Dios sigue contigo” puede convertirse en la persona que pronuncia esas mismas palabras cuando otro ya no tiene fuerzas para creerlas. Pablo no dice que sus sufrimientos lo hicieron superior. Dice que Dios lo consoló. Y precisamente porque había sido consolado, ahora podía consolar.
Esto también nos ayuda a comprender una diferencia importante entre sufrir con Cristo y simplemente sufrir. Todos los seres humanos sufrimos. Cristianos y no cristianos conocemos la enfermedad, el duelo, la frustración, la pérdida, la injusticia y la incertidumbre. Pero el creyente puede experimentar algo diferente en medio de ese sufrimiento: la presencia de Dios.
Pablo habla de “las aflicciones de Cristo”. No significa que el sufrimiento de Pablo complete aquello que faltó en la cruz. La obra redentora de Cristo fue completa. Pablo está hablando de los sufrimientos que experimenta por pertenecer a Cristo y anunciar su evangelio.
Seguir a Jesús no significó para Pablo una vida libre de dificultades. Significó una vida acompañada por Dios en medio de ellas. Y eso es profundamente diferente. Vivimos en una época donde algunas expresiones del cristianismo han presentado la fe como una especie de garantía contra el sufrimiento. Se enseña, explícita o implícitamente, que si tenemos suficiente fe deberíamos vivir sin enfermedades, sin pérdidas, sin dificultades económicas, sin conflictos y sin momentos de profunda angustia.
Pero basta leer a Pablo para descubrir que esa idea no corresponde al evangelio apostólico. Pablo tenía fe. Y sufrió. Pablo oraba. Y sufrió. Pablo obedecía a Dios. Y sufrió. Pablo predicaba el evangelio. Y sufrió. La presencia del sufrimiento no demostraba ausencia de fe. Y la ausencia de sufrimiento tampoco era la medida de la aprobación de Dios. La diferencia estaba en otra parte. Pablo no sufría solo. Tenía al Dios de toda consolación. Y quizás esta sea una de las verdades que más necesitamos recuperar cuando atravesamos nuestras propias tribulaciones.
Dios no siempre nos explica inmediatamente por qué estamos sufriendo. No siempre elimina la circunstancia que nos duele. No siempre responde nuestras oraciones de la manera que esperamos. Pero puede sostenernos dentro de aquello que todavía no comprendemos. Y algunas veces descubrimos que el milagro que estábamos esperando no era que Dios sacara inmediatamente la prueba de nuestra vida, sino que nos diera la gracia suficiente para atravesarla sin perder la fe.
Pablo continúa diciendo algo todavía más sorprendente: “si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación”. El sufrimiento de Pablo no estaba desconectado de su ministerio. Su perseverancia beneficiaba a otros. Esto nos obliga a reconsiderar nuestra manera de entender el ministerio cristiano.
Muchas veces pensamos que servir a Dios consiste principalmente en hablar, enseñar, predicar, organizar o liderar. Pablo nos muestra otra dimensión. A veces también servimos a otros perseverando fielmente en medio del sufrimiento.
Una persona que atraviesa una enfermedad con esperanza puede estar predicando un sermón sin utilizar un púlpito. Un matrimonio que permanece unido en medio de una crisis puede estar dando testimonio del evangelio. Un creyente que continúa confiando en Dios después de una pérdida puede estar fortaleciendo la fe de quienes lo observan. Una persona que ha sido herida por otros y, aun así, decide no abandonar a Cristo puede convertirse en una evidencia viva de que nuestra esperanza no depende de que la vida sea fácil. Pablo sabía esto.
Por eso podía decir que sus sufrimientos también producían consolación en otros. La iglesia de Corinto había visto sus debilidades. Había escuchado sus palabras. Había cuestionado algunas de sus decisiones.
Pero ahora Pablo les muestra algo más profundo: el ministerio cristiano no se construye solamente desde nuestras fortalezas. También puede surgir desde nuestras heridas. Y esto resulta particularmente hermoso porque Pablo no presenta una espiritualidad de autosuficiencia.
No dice: “He aprendido a superar todos mis problemas”. Dice, en esencia: Dios me ha sostenido en ellos. La diferencia es enorme. El cristianismo no nos enseña a convertirnos en personas que ya no necesitan consuelo. Nos enseña a acudir al Dios que consuela. Y después, habiendo recibido ese consuelo, convertirnos nosotros mismos en instrumentos de consolación.
Quizás por eso algunas de las personas más útiles para el Reino no son necesariamente aquellas que han tenido las vidas más fáciles. Son aquellas que han aprendido a encontrar a Dios en medio de las dificultades. Han llorado. Han tenido preguntas. Han atravesado pérdidas. Han experimentado momentos de profunda incertidumbre. Pero no abandonaron al Señor.
Y ahora pueden mirar a alguien que está atravesando algo parecido y decirle, no desde una teoría aprendida en un libro, sino desde su propia experiencia: “Dios sigue siendo fiel”. Eso es consolación. No es una frase vacía. Es una verdad que ha sido probada en medio del dolor.
Y Pablo termina este pequeño párrafo diciendo algo precioso acerca de los corintios: “nuestra esperanza respecto de vosotros es firme”. A pesar de todo lo ocurrido, Pablo todavía tiene esperanza en ellos. Eso también es gracia. Porque es posible corregir a alguien y dejar de esperar algo bueno de esa persona. Es posible cansarnos de las debilidades de otros y comenzar a pensar que nunca cambiarán. Es posible que una iglesia nos decepcione hasta el punto de que dejemos de creer que Dios puede transformarla. Pablo no hace eso. La corrección no eliminó su esperanza. El conflicto no destruyó su amor. Las dificultades no cancelaron su confianza en la obra de Dios.
Y quizás esa sea una buena manera de comenzar esta segunda carta. No con la imagen de una iglesia perfecta. Sino con la imagen de una iglesia que todavía está siendo transformada. Como nosotros. Porque la gracia de Dios no termina cuando somos convertidos. La gracia continúa trabajando cuando fallamos, cuando somos corregidos, cuando sufrimos, cuando debemos reconciliarnos, cuando necesitamos aprender nuevamente y cuando descubrimos que todavía tenemos mucho camino por recorrer.
El Dios que salvó a los corintios es también el Dios que los está formando. Y ese mismo Dios sigue siendo hoy el Padre de misericordias y Dios de toda consolación. Quizás hoy no necesitas una explicación para todo lo que estás viviendo. Quizás necesitas recordar quién está contigo mientras lo atraviesas. Y quizás, algún día, descubrirás que la consolación que Dios te dio en aquella temporada que tanto quisiste olvidar se convirtió precisamente en aquello que te permitió acompañar a otra persona cuando ella atravesó una noche semejante.
Porque en las manos de Dios, incluso nuestras lágrimas pueden convertirse en semillas de esperanza.
¿Estoy buscando a Dios solamente para que quite mis tribulaciones, o también estoy aprendiendo a encontrarlo y conocerlo en medio de ellas? ¿Hay alguna experiencia de dolor que Dios podría transformar en una fuente de consolación para otra persona?
Oración
Señor, gracias porque eres el Padre de misericordias y el Dios de toda consolación. Tú conoces nuestras tribulaciones, nuestras lágrimas, nuestros temores y aquellas cargas que muchas veces no somos capaces de explicar a nadie. Ayúdanos a recordar que el sufrimiento no significa que nos hayas abandonado. Enséñanos a encontrarte también en medio de las dificultades y a confiar en tu fidelidad cuando no comprendamos lo que estás haciendo. Y cuando hayas consolado nuestras vidas, permite que podamos convertirnos en instrumentos de consolación para otros. Que nuestras heridas no nos alejen de ti, sino que puedan ser utilizadas por tu gracia para acompañar a quienes atraviesan sus propias aflicciones. En el nombre de Jesús. Amén.
📖 77. Cuando la aflicción nos lleva a depender de Dios
📅 25-08-2026
Inicio
2 Corintios 1:8–11
“Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos; el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a nuestro favor por el don concedido a nosotros por medio de muchos”.
Pablo continúa hablando de la aflicción, pero ahora nos permite entrar un poco más profundamente en su propia experiencia. En el devocional anterior vimos que el apóstol presentó a Dios como “el Dios de toda consolación”; ahora explica por qué esa afirmación no era una frase teológica aprendida en algún aula, sino una verdad que había experimentado personalmente en circunstancias que lo llevaron hasta el límite de sus fuerzas.
“Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia”. Pablo no nos dice exactamente cuál fue aquella tribulación. Y aunque a lo largo de sus cartas encontramos numerosas referencias a persecuciones, peligros, encarcelamientos, enfermedades, oposición y dificultades, no podemos afirmar con certeza cuál de todas ellas está describiendo aquí. Lo que sí sabemos es que ocurrió durante su ministerio en Asia, probablemente en el período en que Éfeso se había convertido en uno de los principales centros de su labor evangelística.
Y esto resulta interesante porque, cuando pensamos en el ministerio de Pablo en Éfeso, normalmente recordamos el extraordinario crecimiento del evangelio. Hechos nos cuenta que durante aquel período la Palabra del Señor se extendió ampliamente por aquella región. Sin embargo, detrás de ese crecimiento había un precio que muchas veces no vemos cuando solamente observamos los resultados. El evangelio avanzaba, pero Pablo estaba sufriendo. La iglesia crecía, pero el apóstol estaba siendo llevado al límite. La obra de Dios estaba produciendo fruto, pero el instrumento que Dios estaba utilizando experimentaba momentos en los que ya no sabía si sobreviviría.
Por eso sus palabras resultan tan fuertes: “fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida”. Pablo, el gran apóstol, el hombre que había viajado por numerosas ciudades anunciando a Cristo, el hombre que había enfrentado autoridades, multitudes y persecuciones, reconoce que hubo un momento en que llegó a pensar que podía morir. Esto debería hacernos detenernos.
Porque algunas veces hemos construido una imagen equivocada de lo que significa tener una fe madura. Podemos pensar que una persona espiritualmente fuerte es aquella que nunca tiene miedo, nunca se siente agotada, nunca experimenta incertidumbre y siempre sabe exactamente qué hacer. Pero Pablo no presenta esa imagen. Él mismo reconoce que hubo circunstancias en las que se sintió completamente sobrepasado.
La expresión que utiliza es particularmente intensa: “más allá de nuestras fuerzas”. No dice simplemente que estaba cansado. No dice que estaba atravesando una dificultad incómoda. Dice que la situación había llegado a un punto que excedía su propia capacidad para enfrentarla.
Y quizás precisamente ahí comienza una de las lecciones más profundas de este pasaje. Hay momentos en los que Dios permite que lleguemos al límite de nuestras propias fuerzas porque necesitamos descubrir que nuestra seguridad nunca estuvo realmente en nuestras fuerzas.
Pablo lo expresa de manera extraordinariamente clara: “para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos”. Aquí encontramos una de esas frases que resumen una enorme verdad espiritual. Dios permitió que Pablo enfrentara una situación que superaba sus capacidades para enseñarle algo que probablemente ya sabía intelectualmente, pero que ahora debía experimentar profundamente: la confianza definitiva no puede estar puesta en nosotros mismos.
Esto toca directamente una de las grandes luchas del corazón humano. Nos gusta sentir que tenemos el control. Queremos saber qué ocurrirá mañana, tener recursos suficientes para enfrentar cualquier problema, disponer de una solución antes de que aparezca la dificultad y conservar siempre algún margen de seguridad. Incluso nuestra vida cristiana puede convertirse fácilmente en un intento de mantener todo bajo control, mientras llamamos “fe” a aquello que en realidad sigue dependiendo de nuestra capacidad de prever y resolver.
Pero existen circunstancias que destruyen nuestras falsas seguridades. Una enfermedad inesperada puede hacerlo. Una crisis familiar puede hacerlo. Una pérdida económica puede hacerlo. Una relación que se rompe puede hacerlo. Una puerta que parecía segura y de pronto se cierra puede hacerlo.
Y algunas veces podemos encontrarnos frente a situaciones en las que todas nuestras capacidades, nuestros conocimientos, nuestros contactos y nuestra experiencia resultan insuficientes.
Es precisamente allí donde Pablo dice que aprendió a confiar en “Dios que resucita a los muertos”. No escogió accidentalmente esa descripción de Dios. Si Dios puede resucitar a los muertos, entonces puede intervenir cuando nuestras posibilidades humanas han llegado a su límite. Si Dios tiene autoridad sobre aquello que nosotros consideramos irreversible, entonces nuestra esperanza no depende de que todavía encontremos alguna solución humana disponible.
Pablo no está diciendo que Dios siempre evitará que lleguemos al límite. De hecho, su propia experiencia demuestra lo contrario. Dios permitió que llegara hasta allí. Lo que Dios hizo fue enseñarle que el límite de nuestras fuerzas no es el límite de su poder.
Esta verdad es especialmente importante porque vivimos en una cultura que constantemente nos invita a confiar en nosotros mismos. Se nos dice que debemos desarrollar nuestro potencial, creer en nuestras capacidades, superar nuestras limitaciones y construir nuestra propia seguridad. Hay mucho de bueno en asumir responsabilidades, prepararnos, trabajar diligentemente y utilizar los recursos que Dios nos ha dado. La Biblia jamás promueve la irresponsabilidad ni la pasividad.
Pero una cosa es utilizar responsablemente nuestras capacidades y otra muy diferente es convertirlas en nuestra fuente de seguridad. Pablo trabajaba intensamente, planificaba sus viajes, formaba colaboradores, escribía cartas, enseñaba, predicaba y tomaba decisiones. Sin embargo, cuando llegó a una situación que estaba más allá de sus posibilidades, descubrió nuevamente que su vida no descansaba sobre la capacidad del apóstol Pablo para controlar las circunstancias, sino sobre el Dios que resucita a los muertos.
Y entonces utiliza tres expresiones que revelan algo hermoso acerca de su confianza: “el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará”. Aquí encontramos una especie de recorrido de la fe. Nos libró. Pablo mira hacia atrás y reconoce que Dios ya había intervenido. Nos libra. Mira el presente y reconoce que Dios todavía está sosteniéndolo. Esperamos que aún nos librará. Mira hacia el futuro y decide confiar en que Dios seguirá siendo fiel. Pasado, presente y futuro quedan colocados en las manos de Dios.
Quizás esta sea una de las formas más sencillas y profundas de cultivar una fe estable. Recordar lo que Dios ya hizo, reconocer lo que está haciendo ahora y confiar en lo que todavía no podemos ver. Cuando atravesamos una dificultad, nuestra memoria puede convertirse en un instrumento de fe. Recordar la fidelidad pasada de Dios no cambia automáticamente las circunstancias presentes, pero puede cambiar la manera en que las enfrentamos. El Dios que nos sostuvo ayer no dejó de ser Dios hoy.
Y Pablo todavía agrega algo que resulta particularmente hermoso: los corintios podían participar de su liberación mediante la oración.”Cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración”. Pablo, el apóstol, no presenta su ministerio como una obra autosuficiente en la que los demás simplemente observan lo que él hace. Necesitaba a la iglesia. Necesitaba sus oraciones. Y no considera esa necesidad una señal de debilidad vergonzosa. Al contrario, la incorpora naturalmente a su manera de entender el ministerio.
Esto también corrige una idea peligrosa que puede aparecer en algunos ambientes cristianos: la imagen del líder espiritual que parece no necesitar de nadie, que siempre tiene respuestas, que nunca muestra vulnerabilidad y que termina ocupando una posición casi intocable dentro de la comunidad.
Pablo no funciona de esa manera. El apóstol necesita que los creyentes oren por él. Y algo todavía más hermoso ocurre como consecuencia de esas oraciones: “para que por muchas personas sean dadas gracias a nuestro favor por el don concedido a nosotros por medio de muchos”. La oración de la iglesia no solamente sostiene al que atraviesa la dificultad; también produce gratitud cuando Dios responde.
Así se forma una especie de círculo hermoso: Pablo sufre, la iglesia ora, Dios sostiene y, finalmente, muchas personas dan gracias a Dios. La prueba de uno termina convirtiéndose en una oportunidad para que muchos reconozcan la fidelidad de Dios.
Esto nos permite mirar nuestras propias dificultades desde una perspectiva diferente. Quizás no podamos comprender por qué estamos atravesando determinada circunstancia, pero podemos preguntarnos si Dios puede utilizarla para producir algo que todavía no alcanzamos a ver. Tal vez nuestra perseverancia esté fortaleciendo a alguien que observa nuestra vida. Tal vez nuestra petición de oración esté permitiendo que otros participen más profundamente de nuestra vida espiritual. Tal vez una respuesta de Dios que hoy esperamos en silencio se convierta mañana en un motivo de gratitud para muchas personas.
No significa que debamos romantizar el sufrimiento ni buscar dificultades deliberadamente. Pablo no lo hace. Habla de una situación en la que realmente pensó que podía morir. El cristianismo no convierte el dolor en algo hermoso por sí mismo. Lo que transforma el sufrimiento es la presencia y la obra de Dios dentro de él.
Y aquí aparece una pregunta que puede acompañarnos durante toda nuestra vida cristiana: ¿en qué estamos confiando realmente?
Es fácil responder “en Dios” cuando todo está funcionando bien. Es mucho más difícil descubrir dónde está nuestra verdadera confianza cuando las cosas comienzan a escapar de nuestras manos.
Pablo tuvo que llegar a una situación “más allá de sus fuerzas” para experimentar que Dios era más grande que sus fuerzas.
Quizás nosotros también hemos tenido momentos así. Momentos en los que nuestros planes dejaron de funcionar, en los que nuestras capacidades no fueron suficientes, en los que ninguna explicación parecía adecuada y en los que solamente pudimos decir: “Señor, ya no sé qué hacer”.
Y quizás, mirando hacia atrás, podamos reconocer algo que en aquel momento no éramos capaces de ver: Dios estaba formando en nosotros una confianza que jamás habría nacido mientras creyéramos que podíamos sostenerlo todo por nosotros mismos.
Pablo salió de aquella experiencia con una convicción más profunda acerca de Dios. No sabía necesariamente qué ocurriría mañana, pero sabía quién estaría allí.
Y eso es fe. No significa tener todas las respuestas. Significa saber en quién podemos confiar cuando no tenemos las respuestas. El Dios que sostuvo a Pablo en Asia sigue siendo el Dios que sostiene a su pueblo. El Dios que resucita a los muertos continúa siendo Señor cuando nuestras posibilidades parecen agotarse. El Dios que nos libró en el pasado sigue presente en nuestro presente y continuará siendo digno de confianza cuando llegue aquello que todavía no podemos ver.
Quizás hoy estés enfrentando una situación que supera tus fuerzas. No necesitas fingir delante de Dios que eres más fuerte de lo que realmente eres. Puedes reconocer tu agotamiento, tu temor y tu incertidumbre. Puedes pedir ayuda. Puedes pedir oración. Puedes reconocer que no tienes el control.
Y precisamente allí puedes comenzar a descubrir algo que Pablo aprendió en medio de su propia tribulación: cuando nuestras fuerzas terminan, Dios no termina.
¿En qué área de mi vida estoy intentando confiar más en mis propias capacidades que en Dios? ¿Puedo mirar hacia atrás y reconocer momentos en los que Dios me libró, y utilizar esas experiencias como fundamento para confiar en Él en la dificultad que estoy atravesando hoy?
Oración
Señor, muchas veces queremos tener el control de nuestras circunstancias y confiamos más en nuestras capacidades de lo que estamos dispuestos a reconocer. Gracias porque tu Palabra nos recuerda que aun cuando nuestras fuerzas llegan a su límite, tú sigues siendo poderoso y fiel. Cuando atravesemos situaciones que nos superen, enséñanos a confiar en ti, no porque tengamos todas las respuestas, sino porque sabemos quién eres. Ayúdanos a recordar las veces en que nos has sostenido, a reconocer tu presencia en nuestro presente y a esperar con confianza aquello que todavía no podemos ver. También danos humildad para pedir oración y permitir que otros hermanos participen de nuestras cargas. Que nuestras pruebas puedan convertirse, por tu gracia, en oportunidades para que muchos conozcan tu fidelidad y den gracias a tu nombre. En el nombre de Jesús. Amén.
📖 78. Cuando nuestros planes deben pasar por el Señor
📅 26-08-2026
Inicio
2 Corintios 1:12–24
“Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo, y mucho más con vosotros. Porque no os escribimos otras cosas de las que leéis, o también entendéis; y espero que hasta el fin las entenderéis; como también en parte habéis entendido que somos vuestra gloria, así como también vosotros la nuestra, para el día del Señor Jesús. Y con esta confianza quise ir primero a vosotros, para que tuvieseis una segunda gracia, y por vosotros pasar a Macedonia, y desde Macedonia venir otra vez a vosotros, y ser encaminado por vosotros a Judea. Así que, proponiéndome esto, ¿usé quizá de ligereza? ¿O lo que pienso hacer, lo pienso según la carne, para que haya en mí Sí y No? Mas, como Dios es fiel, nuestra palabra a vosotros no es Sí y No. Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo, no ha sido Sí y No; mas ha sido Sí en él; porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios. Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones. Mas yo invoco a Dios por testigo sobre mi alma, que por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto. No que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que colaboramos para vuestro gozo; porque por la fe estáis firmes”.
Hay pasajes de las cartas de Pablo que parecen avanzar rápidamente hacia una gran enseñanza doctrinal, mientras que otros se detienen en asuntos que, a primera vista, parecen mucho más personales. Este es uno de ellos. Pablo habla de sus planes de viaje, de un cambio que había realizado en su itinerario y de la manera en que los corintios habían interpretado ese cambio. Podríamos leer estos versículos rápidamente pensando que se trata simplemente de una explicación personal del apóstol, pero hacerlo sería perder una riqueza importante. Detrás de estas palabras aparece una cuestión profundamente espiritual: ¿cómo debe comportarse un creyente cuando sus planes cambian, cuando otros interpretan mal sus decisiones y cuando aquello que había pensado hacer finalmente no ocurre como esperaba?
Pablo comienza defendiendo algo que para él tenía mucho valor: “nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia”. No está hablando de orgullo personal ni diciendo que jamás hubiera cometido errores. Está afirmando que, delante de Dios, había procurado conducirse con una conciencia limpia, “con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios”.
Esta frase resulta especialmente significativa porque los corintios habían aprendido a evaluar a las personas según criterios muy diferentes. La apariencia, la elocuencia, la capacidad intelectual, la posición y el reconocimiento podían tener un peso considerable en aquella cultura, y la iglesia no estaba completamente libre de esos criterios. Pablo, en cambio, vuelve a colocar el énfasis en algo mucho más profundo: la manera en que una persona vive delante de Dios.
No está diciendo que la preparación, la inteligencia o la capacidad de comunicar sean irrelevantes. Él mismo era un hombre extraordinariamente preparado y sabía comunicar con claridad. Lo que rechaza es la idea de que la sabiduría humana pueda convertirse en la medida definitiva de la fidelidad espiritual. Pablo no quería que los corintios evaluaran su ministerio solamente por lo que podían ver externamente. Quería que entendieran que su conducta había estado gobernada por la gracia de Dios.
Y aquí aparece nuevamente una palabra que atraviesa toda esta carta: gracia. Pablo no dice que se haya conducido correctamente porque fuera naturalmente superior a los demás. Dice que lo hizo “por la gracia de Dios”. Incluso cuando habla de su propia integridad, no transforma esa integridad en motivo de orgullo. Reconoce que aquello que había podido hacer correctamente también era resultado de la obra de Dios en su vida.
Después comienza a explicar el motivo de cierta modificación en sus planes. Pablo había pensado visitar Corinto, luego continuar hacia Macedonia y posteriormente regresar a Corinto antes de dirigirse a Judea. Sin embargo, ese itinerario no se concretó como originalmente lo había pensado.
Algunos corintios aparentemente habían interpretado ese cambio como una señal de inconsistencia. Si Pablo había dicho que iría y finalmente no fue, ¿podían confiar en su palabra? ¿Era una persona que decía “sí” y después actuaba como “no”? ¿Había hecho planes de manera superficial?
La pregunta es importante porque nos muestra que incluso Pablo tuvo que enfrentar algo que todos conocemos: cuando nuestras decisiones cambian, otras personas pueden interpretar nuestras intenciones de maneras que nunca imaginamos.
Y aquí conviene hacer una distinción que puede ahorrarnos muchas frustraciones. Cambiar un plan no necesariamente significa ser una persona inconstante. Existen diferencias entre mentir, actuar irresponsablemente y modificar una decisión debido a circunstancias nuevas.
Pablo había hecho un plan, pero la realidad cambió. Y cuando la realidad cambia, algunas veces también deben cambiar nuestros planes. Esto parece sencillo, pero puede resultar difícil para quienes sienten que reconocer un cambio equivale a admitir un fracaso. Nos gusta demostrar que somos personas que cumplen todo lo que dicen, y ciertamente debemos esforzarnos por ser confiables. Pero la fidelidad no significa que podamos controlar el futuro. Podemos prometer aquello que depende legítimamente de nosotros, pero no podemos garantizar que todas las circunstancias permanecerán iguales.
Podemos planificar un viaje, pero puede surgir una enfermedad. Podemos proyectar un ministerio, pero pueden aparecer nuevas necesidades. Podemos pensar que una puerta está abierta, pero luego descubrir que Dios nos está conduciendo hacia otro lugar. Podemos creer que sabemos lo que haremos dentro de seis meses y encontrarnos, seis meses después, en un escenario completamente diferente.
Por eso Santiago dirá más adelante que debemos aprender a decir: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”. La planificación cristiana no consiste en abandonar nuestros proyectos, sino en reconocer que nuestros proyectos están subordinados a la voluntad de Dios.
Esto no significa que Pablo viviera sin hacer planes. De hecho, este mismo pasaje demuestra lo contrario. Pablo planificaba sus viajes, pensaba en las iglesias que quería visitar, organizaba su ministerio y procuraba establecer una ruta para continuar anunciando el evangelio. Lo que había aprendido era que sus planes debían permanecer siempre abiertos a la dirección de Dios.
Y Pablo ya había experimentado esto de una manera muy concreta. En su segundo viaje misionero, según relata Lucas en Hechos 16, intentó avanzar hacia determinadas regiones de Asia y Bitinia, pero el Espíritu Santo no se lo permitió. Finalmente, estando en Troas, recibió durante la noche una visión de un varón macedonio que le rogaba: “Pasa a Macedonia y ayúdanos”. Pablo entendió entonces que Dios los estaba llamando a anunciar el evangelio allí. El apóstol tenía planes, pero Dios tenía un propósito mayor.
Por eso, cuando más adelante encontramos a Pablo explicando sus cambios de itinerario a los corintios, no estamos ante un hombre que hubiera abandonado la planificación. Estamos ante un hombre que había aprendido a planificar sin convertir sus planes en absolutos. Podía decir “iré”, pero también podía reconocer que las circunstancias podían cambiar y que, por encima de su propia voluntad, estaba la dirección soberana de Dios.
Santiago expresará esta misma verdad de manera muy directa: “En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”. No se trata de convertir la expresión “si Dios quiere” en una fórmula religiosa que repetimos mecánicamente al final de cada frase. Se trata de adoptar una actitud interior: hacemos planes, trabajamos, proyectamos y tomamos decisiones, pero reconocemos humildemente que nuestra vida no está bajo nuestro control absoluto.
Incluso cuando Pablo habla de su futuro viaje hacia Judea dice que esperaba “ser encaminado” por los corintios. En el lenguaje de los viajes misioneros del primer siglo, esta expresión podía incluir el acompañamiento y la ayuda práctica necesaria para que un siervo pudiera continuar su camino. No se trataba simplemente de despedirlo con un saludo en la puerta; la iglesia podía participar concretamente en el envío, proporcionando aquello que fuera necesario para que el obrero continuara su misión. Vemos así que el ministerio cristiano tampoco era concebido como una tarea individual en la que cada predicador debía resolverlo todo por sí mismo. Las iglesias participaban enviando, acompañando, orando y sosteniendo a quienes habían sido llamados a llevar el evangelio a otros lugares.
Esto vuelve todavía más hermoso el cuadro que Pablo está presentando. Él tiene un plan de viaje, pero reconoce que depende del Señor; tiene colaboradores, pero no pretende controlarlos; tiene necesidades materiales, pero las comparte con la iglesia; tiene autoridad apostólica, pero no quiere enseñorearse de la fe de los creyentes. Todo su ministerio parece estar atravesado por una misma convicción: Cristo es el Señor de la obra y nosotros somos solamente sus servidores.
Y entonces aparece una de las afirmaciones más profundas del pasaje: “Mas, como Dios es fiel, nuestra palabra a vosotros no es Sí y No”. Pablo utiliza la fidelidad de Dios como referencia para explicar su propia conducta. Su argumento no consiste simplemente en decir: “Yo soy confiable”. Está diciendo, en esencia, que el Dios que lo llamó es fiel y que su ministerio debe reflejar esa fidelidad.
Y entonces dirige la mirada hacia Cristo: “Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo, no ha sido Sí y No; mas ha sido Sí en él”. Aquí Pablo eleva la conversación desde sus propios planes hasta el corazón mismo del evangelio.
Cristo no es una promesa incierta. Cristo no es una esperanza provisional ni un “quizás” dentro de los propósitos de Dios. Cuando Pablo dice que “todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén”, ese “Sí” tiene una fuerza mucho mayor que la de una simple afirmación. En Cristo, Dios ha dado su respuesta definitiva a todo aquello que había prometido. El “Sí” de Dios no depende de nuestras circunstancias, de nuestros sentimientos ni de nuestra capacidad para comprender cómo cumplirá lo que ha dicho. Cristo mismo es la garantía de que Dios es fiel a su Palabra. Todas las promesas encuentran en Él su confirmación, porque en Cristo vemos que Dios no habló en vano, no prometió aquello que no pudiera cumplir y no dejó su propósito redentor sujeto a la incertidumbre humana. Y por eso Pablo añade “Amén”: la iglesia responde a ese “Sí” divino con su propio “Amén”, como diciendo: así es, verdaderamente, y en ello descansamos. Nuestra fe, entonces, no se sostiene sobre un futuro incierto, sino sobre una Persona en quien Dios ya ha dicho definitivamente que sí.
Esta es una de las grandes diferencias entre nuestras palabras y las palabras de Dios. Nosotros hacemos planes desde una perspectiva limitada. Dios conoce el principio y el final. Nosotros podemos equivocarnos acerca de lo que ocurrirá mañana. Dios no puede fallar. Nosotros podemos necesitar modificar nuestros proyectos. Dios jamás necesita corregir sus propósitos.
Por eso nuestra seguridad definitiva no puede descansar en la estabilidad de nuestras propias circunstancias, sino en la fidelidad de Dios manifestada en Jesucristo.
Pablo incluso menciona a Silvano y Timoteo, sus colaboradores en el ministerio. No está presentando un evangelio individualista. Cristo había sido anunciado entre los corintios mediante un equipo de obreros. Y todos ellos estaban sometidos a la misma verdad: la fidelidad no pertenecía principalmente al mensajero, sino al Dios que estaba detrás del mensaje.
Luego Pablo introduce una verdad todavía más profunda: Dios “nos confirma con vosotros en Cristo”, “nos ungió”, “nos ha sellado” y “nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones”.
La imagen del sello era conocida en el mundo antiguo. Un sello podía identificar la propiedad, autenticar un documento o confirmar su pertenencia. Pablo utiliza esa imagen para hablar de la obra del Espíritu Santo en el creyente. Dios no solamente nos llama a pertenecerle; coloca sobre nosotros la marca de su pertenencia.
Y después habla de las “arras del Espíritu”. La palabra utilizada transmite la idea de una garantía, un anticipo, una primera entrega que asegura que habrá algo más en el futuro. El Espíritu Santo, entonces, no es solamente la presencia de Dios con nosotros en el presente; es también la garantía de aquello que Dios ha prometido completar.
Esto conecta maravillosamente con todo lo que hemos venido estudiando en las cartas a los Corintios. Nuestra esperanza no depende de que nosotros seamos capaces de sostener perfectamente nuestra propia vida espiritual. Dios mismo ha comenzado una obra y ha dado su Espíritu como garantía de que llevará adelante aquello que ha prometido.
Y entonces Pablo explica algo que resulta especialmente interesante: “por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto”. Es decir, su decisión de no ir inmediatamente no fue fruto de indiferencia hacia ellos. En cierto sentido, incluso su ausencia podía ser una expresión de amor. Esto puede resultar difícil de comprender. A veces pensamos que amar significa estar siempre presentes, responder inmediatamente, intervenir en cada situación y solucionar personalmente todos los problemas. Pero Pablo demuestra que el amor también puede significar saber cuándo no intervenir.
Él podría haber llegado a Corinto ejerciendo su autoridad apostólica, confrontando directamente a quienes estaban causando problemas y exigiendo cambios. Sin embargo, decidió esperar. ¿Por qué? Porque su propósito no era controlar a los corintios.
Y aquí llegamos a una de las frases más hermosas de este pasaje: “No que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que colaboramos para vuestro gozo”. Esta afirmación merece ser grabada profundamente en el corazón de cualquier persona que ejerza liderazgo cristiano. Pablo tenía autoridad apostólica, tenía experiencia, tenía conocimiento, había fundado aquella iglesia y podía confrontarlos, pero no quería “enseñorearse” de su fe. Su objetivo era colaborar para su gozo.
Qué diferencia tan grande existe entre estas dos formas de liderazgo. El liderazgo autoritario necesita controlar; el liderazgo cristiano busca edificar. El liderazgo manipulador necesita que las personas dependan del líder; el liderazgo bíblico busca que las personas crezcan en su dependencia de Cristo. El liderazgo controlador utiliza la culpa, el miedo y la presión para conseguir obediencia; el liderazgo pastoral enseña, exhorta, corrige y acompaña, pero reconoce que cada creyente pertenece finalmente al Señor.
Pablo no estaba interesado en convertirse en dueño de la conciencia de los corintios. Y esto resulta particularmente importante porque, durante los últimos años, hemos visto dentro del mundo cristiano diferentes formas de liderazgo que terminan confundiendo autoridad espiritual con control personal. Hay ministros que esperan decidir dónde debe trabajar una persona, qué debe hacer con su tiempo, cómo debe administrar sus recursos, con quién debe relacionarse e incluso qué tareas personales debe realizar para el líder o su familia, como si obedecer al pastor fuera equivalente a obedecer directamente a Dios. Eso no es lo que encontramos en Pablo.
Pablo podía enseñar con firmeza, podía confrontar el pecado, podía ejercer autoridad apostólica y podía defender la verdad, pero jamás presenta a los creyentes como propiedad personal.
La iglesia pertenece a Cristo. La conciencia pertenece a Cristo. La fe pertenece a Cristo. Los dones pertenecen a Cristo. Y el líder cristiano no recibe personas para poseerlas, sino para servirlas.
Por eso la última frase resulta tan importante: “porque por la fe estáis firmes”. Pablo no dice: “porque por mí estáis firmes”. No dice: “porque dependen de mi dirección”. Dice: “por la fe estáis firmes”. El objetivo del verdadero ministerio no es producir seguidores del ministro, sino discípulos de Cristo.
Un pastor puede acompañar durante una etapa, un maestro puede enseñar durante algunos años, un mentor puede ayudar a orientar una determinada temporada de la vida, pero ninguno de ellos debe convertirse en el centro de la fe de otra persona. El ministerio cristiano es saludable cuando, después de haber recibido nuestra ayuda, las personas terminan dependiendo más de Cristo y menos de nosotros.
Quizás esta sea una de las pruebas más importantes para cualquier líder: ¿las personas que Dios ha puesto bajo mi cuidado están aprendiendo a depender de Cristo o están aprendiendo a depender de mí?
Pablo podía decir a los corintios: “colaboramos para vuestro gozo”. No necesitaba convertirse en dueño de su fe porque sabía que Cristo era suficiente.
Y aquí encontramos una verdad que atraviesa todo este pasaje. Nuestros planes pueden cambiar, nuestras circunstancias pueden modificarse, nuestras decisiones pueden ser malinterpretadas y nuestros ministerios pueden atravesar momentos difíciles, pero la fidelidad de Dios permanece. Nosotros somos limitados; Cristo no lo es. Nosotros podemos necesitar cambiar nuestros planes; Dios no necesita cambiar sus promesas. Nosotros podemos acompañar a otros durante una temporada; Cristo permanece con ellos para siempre.
Por eso nuestra seguridad no está en tenerlo todo bajo control. Está en pertenecer a Aquel que sí tiene el control. Podemos hacer proyectos ministeriales, planes familiares, decisiones laborales, estudios que queremos comenzar, viajes que queremos realizar y sueños que esperamos concretar. Podemos hacer presupuestos, establecer fechas, comprar pasajes, preparar calendarios y trabajar diligentemente para alcanzar nuestros objetivos. Nada de eso contradice la fe. Lo que contradice la fe es comenzar a vivir como si el futuro nos perteneciera.
El cristiano planifica con las manos abiertas. Hace planes, pero no exige que Dios los cumpla; trabaja por sus proyectos, pero está dispuesto a abandonarlos cuando Dios muestre un camino diferente; dice “iremos”, pero en el corazón agrega: “si el Señor quiere”.
Y quizás allí encontramos una de las expresiones más maduras de la fe: no dejar de planificar, sino aprender a entregar nuestros planes.
¿Estoy permitiendo que mis planes permanezcan sometidos a la voluntad de Dios, incluso cuando eso significa modificarlos? ¿Mi manera de ejercer influencia sobre otros los está llevando a depender más de Cristo o, consciente o inconscientemente, estoy intentando ocupar un lugar que solamente le pertenece a Él?
Oración
Señor, enséñanos a planificar sin olvidar que nuestros planes están sujetos a tu voluntad. Danos integridad para cumplir nuestra palabra, pero también humildad para reconocer que no conocemos el futuro y que algunas veces tendremos que cambiar nuestros caminos. Gracias porque nuestras circunstancias pueden cambiar, pero tus promesas permanecen firmes en Cristo. Enséñanos a decir con sinceridad, no como una fórmula religiosa, sino como una convicción profunda de nuestro corazón: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”.
Guarda también nuestro corazón cuando tengamos alguna responsabilidad sobre otras personas. Líbranos de toda forma de control, manipulación o autoritarismo y enséñanos a servir sin enseñorearnos de la fe de nuestros hermanos. Que quienes caminan junto a nosotros no terminen dependiendo de nosotros, sino creciendo cada día en su dependencia de Cristo. Que nuestro liderazgo, nuestros dones y nuestros ministerios tengan siempre un solo propósito: colaborar para el gozo de tu pueblo y para la gloria de tu nombre. En el nombre de Jesús. Amén.
📖 79. Cuando el dolor no invalida el ministerio
📅 27-08-2026
Inicio
2 Corintios 2:1–11
“Esto, pues, determiné para conmigo, no ir otra vez a vosotros con tristeza. Porque si yo os contristo, ¿quién será luego el que me alegre, sino aquel a quien yo contristé? Y esto escribí, para que cuando llegare no tuviese tristeza de parte de aquellos de quienes me debiera gozar; confiando en vosotros todos que mi gozo es el de todos vosotros. Porque por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas; no para que fueseis contristados, sino para que conocieseis cuán grande es el amor que os tengo.
Porque si alguno me ha contristado, no me ha contristado a mí, sino en parte, por no cargaros a todos vosotros. Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él. Porque también para este fin os escribí, para tener la prueba de vosotros si vosotros sois obedientes en todo. Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo, para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones”.
Hay algo que comienza a aparecer con mucha fuerza en esta segunda carta a los Corintios: detrás del apóstol que predica, enseña, corrige, planifica viajes y enfrenta oposición existe un hombre que también sufre. Pablo no escribe desde una posición distante, como si las dificultades de la iglesia no tocaran sus emociones. Escribe desde un corazón profundamente afectado por lo que ha ocurrido en Corinto, y eso nos permite conocer una dimensión de su ministerio que a veces olvidamos: los verdaderos siervos de Dios también pueden llorar por aquellos a quienes sirven.
Pablo comienza diciendo: “Esto, pues, determiné para conmigo, no ir otra vez a vosotros con tristeza”. La frase nos recuerda que detrás de los planes de viaje que hemos visto en los capítulos anteriores había una historia mucho más dolorosa. Pablo había tenido una visita difícil a Corinto y, en lugar de regresar inmediatamente, decidió escribirles. No quería que otro encuentro terminara produciendo todavía más tristeza. Su decisión no nació de indiferencia hacia la iglesia, sino precisamente de lo contrario: le importaban demasiado como para presentarse nuevamente en medio de un conflicto que todavía necesitaba ser tratado.
Esto resulta importante porque podríamos imaginar que el liderazgo espiritual consiste en estar siempre emocionalmente fuerte, tener siempre las respuestas correctas y enfrentar cada problema con una especie de seguridad inquebrantable. Pablo nos muestra algo diferente. Él podía experimentar tristeza, angustia y dolor sin que eso significara que había dejado de ser un hombre de fe.
“Por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas”, dice. Es difícil imaginar una frase más humana. Pablo no escribió desde la comodidad de quien observa los problemas de la iglesia desde lejos. Escribió llorando. Y, sin embargo, inmediatamente aclara algo que revela la profundidad de su corazón: “no para que fueseis contristados, sino para que conocieseis cuán grande es el amor que os tengo”.
Aquí encontramos una verdad que puede resultar incómoda para quienes hemos asociado la autoridad espiritual con dureza. Pablo podía confrontar el pecado, podía corregir errores graves, podía denunciar conductas equivocadas y podía exigir cambios; pero su corrección no nacía del deseo de humillar. Nacía del amor.
La disciplina cristiana, cuando es verdaderamente bíblica, nunca tiene como objetivo destruir a la persona. Busca restaurarla. Y esto es particularmente importante cuando pensamos en el liderazgo dentro de la iglesia. Durante mucho tiempo, algunos han confundido autoridad espiritual con capacidad de controlar, intimidar o hacer sentir culpables a otros. Hay líderes que consideran que mientras más temor produzcan, mayor será su autoridad. Otros utilizan la frase “Dios me puso aquí” como si eso les concediera derecho para imponer su voluntad sobre las personas, exigirles obediencia en asuntos que la Escritura no exige y convertir la sumisión espiritual en dependencia personal.
Pablo muestra algo completamente diferente. Su autoridad no lo convierte en dueño de los corintios. Su dolor no lo lleva a manipularlos. Sus lágrimas no son una herramienta para obligarlos a hacer lo que él quiere. Incluso cuando corrige, lo hace buscando el bien espiritual de aquellos a quienes ama.
Y entonces llegamos a una de las situaciones más delicadas de todo este pasaje. Pablo habla de “alguno” que lo había contristado y que había recibido una reprensión por parte de la iglesia. Aunque el texto no entrega todos los detalles del caso, parece estar relacionado con una persona cuya conducta había provocado una confrontación seria dentro de la congregación y que, después de la disciplina, necesitaba ahora ser restaurada.
Pablo dice algo sorprendente: “Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos”. Es decir, la disciplina había cumplido su propósito. Había llegado el momento de detenerla. La iglesia debía pasar de la corrección al perdón, de la confrontación a la restauración, de la tristeza a la reconciliación.
“Así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza”.
Esta frase merece mucha atención porque revela que incluso una disciplina correctamente aplicada puede convertirse en algo destructivo si nunca termina. La iglesia puede caer en un extremo tan peligroso como el pecado que intenta corregir: convertir la disciplina en condenación permanente.
Pablo no dice que el pecado no importe. No dice que la conducta de aquella persona debía ser ignorada. Tampoco dice que la iglesia debía actuar como si nada hubiera ocurrido. La corrección había sido necesaria. Pero una vez cumplido su propósito, debía llegar el momento del perdón.
Y aquí aparece uno de los rasgos más hermosos del evangelio: la disciplina cristiana tiene como horizonte la restauración. La iglesia no existe para acumular culpables. Existe para formar discípulos. No existe para mantener a las personas permanentemente marcadas por sus errores. Existe para anunciar la gracia de Cristo a quienes se arrepienten y desean volver a caminar en obediencia.
Por eso Pablo les dice: “confirméis el amor para con él”.
No bastaba con dejar de castigarlo. Debían volver a expresarle amor.
Esto es profundamente distinto de algunas formas de liderazgo religioso donde una persona puede arrepentirse, pedir perdón y aun así permanecer durante años bajo sospecha, humillación o desprecio. A veces parece que hemos aprendido muy bien a señalar el pecado, pero hemos olvidado cómo recibir nuevamente al pecador arrepentido.
El evangelio no funciona así.
La gracia no niega la gravedad del pecado, pero tampoco permite que el pecado tenga la última palabra sobre una persona que ha sido alcanzada por Cristo.
Pablo incluso explica que él mismo ha perdonado “en presencia de Cristo”. Su perdón no es simplemente una decisión emocional. Está fundamentado en algo mucho más profundo: Cristo está presente en medio de la reconciliación de su pueblo.
Y entonces aparece una frase que introduce una dimensión espiritual que no deberíamos pasar por alto: “para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones”.
Pablo entiende que detrás de los conflictos humanos también existe una dimensión espiritual. Satanás puede utilizar el pecado, pero también puede utilizar la falta de perdón. Puede aprovechar una herida no sanada, una disciplina que nunca termina, una congregación dividida o una persona arrepentida que permanece aislada y consumida por la culpa.
El enemigo puede utilizar tanto el pecado como nuestra incapacidad para restaurar.
Por eso Pablo dice que no debemos ignorar sus maquinaciones. Esto no significa atribuir cada conflicto de la iglesia directamente a Satanás. Pablo no está enseñando una obsesión con demonios detrás de cada problema. Está recordando algo más sobrio: existen estrategias espirituales que buscan destruir la obra de Cristo, y una de ellas consiste en mantener a los creyentes atrapados en la culpa, la división, el resentimiento y la desconfianza.
Una iglesia puede ser destruida tanto por el pecado tolerado como por la incapacidad de perdonar al pecador arrepentido. Y aquí encontramos una aplicación especialmente importante para quienes ejercen algún tipo de liderazgo espiritual. Corregir es necesario, pero también lo es saber cuándo terminar la corrección. Confrontar puede ser una expresión de amor, pero restaurar también lo es. Establecer límites puede ser necesario, pero utilizar permanentemente el pasado de una persona para mantenerla sometida no es restauración.
La autoridad cristiana no consiste en mantener a otros bajo nuestro poder. Consiste en ayudarlos a caminar bajo el señorío de Cristo. Pablo podría haber utilizado su dolor para exigir que los corintios demostraran constantemente su lealtad hacia él. Podría haberles recordado una y otra vez cuánto había sufrido por ellos. Podría haber utilizado su autoridad apostólica para mantenerlos emocionalmente endeudados. Sin embargo, hace exactamente lo contrario: busca que ellos sean restaurados.
Qué diferencia tan grande existe entre un líder que quiere que las personas dependan de él y un siervo que desea que las personas crezcan en Cristo.
El primero necesita conservar el control. El segundo está dispuesto incluso a soltar. El primero convierte la autoridad en propiedad. El segundo entiende que las personas pertenecen al Señor.
Y quizás aquí encontramos una conexión muy hermosa con lo que vimos en la primera carta. Pablo había enseñado que los dones no fueron dados para engrandecer al individuo, sino para edificar al cuerpo. Ahora vemos ese mismo principio aplicado a una situación dolorosa. La autoridad, la disciplina, la corrección y el perdón deben tener un mismo propósito: que el cuerpo de Cristo sea edificado.
Por eso este pasaje también nos confronta personalmente. Todos hemos conocido heridas dentro de la iglesia. Algunos hemos sido corregidos. Otros hemos tenido que corregir. Algunos hemos pedido perdón. Otros hemos tenido que decidir si perdonar. Y quizás algunos todavía cargamos con situaciones antiguas que nunca hemos entregado completamente al Señor.
Pablo nos recuerda que el evangelio no solamente transforma la manera en que nos relacionamos con Dios. También transforma la manera en que tratamos a quienes han fallado.
La iglesia necesita aprender a decir dos cosas que pueden parecer contradictorias, pero que en realidad pertenecen juntas: esto está mal y todavía te amamos.
Necesitamos poder confrontar el pecado sin destruir al pecador, llamar al arrepentimiento sin convertir la culpa en una sentencia permanente y ejercer autoridad sin convertirla en dominio.
Porque Cristo no llamó a su iglesia a producir personas aterrorizadas por sus líderes, sino discípulos que aprendan a vivir bajo su señorío.
Y quizás esa sea una de las razones por las que Pablo comienza esta sección hablando de sus propias lágrimas. El apóstol que tenía autoridad para corregir también tenía un corazón capaz de llorar. No era un funcionario religioso administrando una institución. Era un pastor profundamente involucrado con personas reales, con conflictos reales, con pecados reales y con heridas reales. Su autoridad no lo hizo menos humano. Lo hizo más responsable de amar.
¿Cuando debo corregir a alguien, mi propósito realmente es restaurarlo o simplemente demostrar que tengo autoridad? ¿Soy capaz de perdonar a quien se ha arrepentido, o sigo utilizando su pasado para mantenerlo bajo condenación? ¿Existe alguna herida, conflicto o falta de perdón que todavía esté ocupando un lugar demasiado grande en mi corazón?
Oración
Señor, gracias porque tu gracia no solamente nos confronta cuando pecamos, sino que también nos restaura cuando nos arrepentimos. Danos sabiduría para corregir con amor, humildad para reconocer nuestros propios errores y un corazón dispuesto a perdonar cuando otros han fallado contra nosotros. Líbranos de utilizar la autoridad para controlar, humillar o manipular, y enséñanos a ejercerla siempre buscando la restauración y la edificación de tu pueblo. No permitas que el resentimiento, la culpa, la división o la falta de perdón encuentren espacio entre nosotros. Ayúdanos a reconocer las maquinaciones del enemigo y a recordar que las personas no nos pertenecen; pertenecen a Cristo. Que nuestras palabras, nuestras correcciones y aun nuestras lágrimas puedan ser expresiones de un amor verdadero que conduzca siempre hacia Jesús. En el nombre de Jesús. Amén.
📖 80. Una puerta abierta en medio de la oposición
📅 28-08-2026
Inicio
2 Corintios 2:12–17
“Cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo, aunque se me abrió puerta en el Señor, no tuve reposo en mi espíritu, por no haber hallado a mi hermano Tito; así, despidiéndome de ellos, partí para Macedonia. Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a estos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquellos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”.
Pablo continúa relatando algunos acontecimientos que permiten ver cómo se desarrollaba su ministerio mientras intentaba saber qué estaba ocurriendo con los corintios. Y nuevamente encontramos algo que puede sorprendernos: Pablo llega a Troas, encuentra una puerta abierta para predicar el evangelio, pero finalmente decide continuar su viaje porque no encuentra a Tito.
A primera vista podríamos pensar que Pablo simplemente perdió una buena oportunidad. Había llegado a una ciudad estratégica, el Señor había abierto una puerta y aparentemente existían condiciones favorables para anunciar el evangelio. Sin embargo, Pablo no podía desentenderse de lo que estaba ocurriendo con los corintios. Necesitaba saber cómo habían recibido su carta y qué había sucedido después de aquella dolorosa confrontación.
“Cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo, aunque se me abrió puerta en el Señor, no tuve reposo en mi espíritu, por no haber hallado a mi hermano Tito”. Esta frase nos permite mirar nuevamente el corazón del apóstol. Pablo no era una máquina de producir resultados ministeriales. También tenía preocupaciones, afectos, incertidumbres y cargas que podían afectar profundamente su ánimo. La ausencia de Tito le impedía estar tranquilo.
Y quizás aquí nos resulte útil detenernos en algo que para nosotros es casi imposible imaginar. Hoy, cuando viajamos a otra ciudad para predicar, enseñar o participar en alguna actividad ministerial, damos por sentado que podremos comunicarnos con quienes están esperándonos. Llamamos por teléfono, enviamos un correo, escribimos un WhatsApp, preguntamos quién nos recogerá, confirmamos una dirección y, si es necesario, hacemos una videollamada por Zoom, Meet o cualquier otra plataforma. Si alguien no aparece, podemos tomar nuestro teléfono y preguntar inmediatamente qué sucedió.
Pablo no tenía ninguna de esas posibilidades. Las cartas eran prácticamente el principal medio de comunicación a distancia y podían tardar considerablemente en llegar. Una vez que alguien emprendía un viaje, no existía la posibilidad de enviar un mensaje instantáneo para saber dónde estaba, por qué se había retrasado o qué había ocurrido. La incertidumbre formaba parte de la vida cotidiana de aquellos primeros misioneros.
Por eso podemos comprender mejor lo que significa que Pablo dijera que “no tuvo reposo en su espíritu” porque no encontró a Tito. No estaba simplemente molesto porque un colaborador no había llegado a tiempo. Estaba esperando noticias de una iglesia que le preocupaba profundamente y que había atravesado una relación dolorosa con él. Había enviado una carta difícil, había dejado a Tito encargado de conocer la reacción de los corintios y ahora, al llegar a Troas, no encontraba a la persona que podía entregarle esas noticias.
La distancia hacía que la incertidumbre fuera mucho más pesada. Pablo podía tener una puerta abierta para predicar, pero no tenía información sobre sus hermanos. Podía saber que Dios estaba obrando en Troas y, al mismo tiempo, llevar en su corazón la preocupación por lo que estaba ocurriendo en Corinto. El ministerio no eliminaba sus emociones ni sus relaciones. Al contrario, precisamente porque amaba a las personas que Dios había puesto bajo su cuidado, aquello que les ocurría podía afectar profundamente su corazón.
Tito no era simplemente un colaborador administrativo. Era alguien en quien Pablo confiaba y a quien había enviado a Corinto. Por eso su llegada era importante. Pablo necesitaba conocer de primera mano cómo había respondido la iglesia después de la fuerte carta que les había enviado. La ausencia de Tito mantenía abierta una incertidumbre que Pablo no podía resolver simplemente con sus propios pensamientos.
Aquí aparece una tensión que conocemos muy bien en la vida cristiana. A veces Dios abre una puerta delante de nosotros, pero nosotros seguimos cargando una preocupación que no desaparece simplemente porque la oportunidad sea buena. Pablo tenía una puerta abierta, pero tenía el corazón inquieto.
Y esto también nos ayuda a comprender algo acerca del liderazgo cristiano que fácilmente podemos perder de vista. El éxito ministerial no puede medirse solamente por las puertas que se abren para predicar. Pablo tenía una puerta abierta en Troas, pero su corazón estaba inquieto por Tito y por los corintios. Para él, las personas no eran simplemente una parte secundaria de la misión. Eran parte de la misión misma.
Quizás nosotros también necesitemos recuperar esa perspectiva. Es posible estar tan concentrados en aprovechar las oportunidades ministeriales que terminemos olvidando a las personas que Dios nos ha confiado. Podemos celebrar una agenda llena, nuevas invitaciones, reuniones numerosas y puertas que se abren, mientras alguien cercano atraviesa una dificultad y necesita simplemente que nos detengamos para saber cómo está.
Pablo nos recuerda que el ministerio cristiano no consiste únicamente en llegar a lugares donde se abren puertas para predicar. También consiste en amar a las personas, preocuparnos por ellas, esperar noticias, cargar sus problemas y permitir que sus alegrías y dolores tengan un lugar dentro de nuestro propio corazón.
Finalmente, Pablo deja Troas y parte hacia Macedonia. El texto no nos permite concluir que haya cometido un error al hacerlo, ni tampoco nos dice que la puerta que encontró en Troas dejara de ser una oportunidad de Dios. Simplemente nos muestra que, en aquel momento, Pablo consideró necesario continuar su camino. Allí esperaba encontrar a Tito y recibir las noticias que tanto necesitaba acerca de los corintios.
Esto nos recuerda que una puerta abierta no siempre significa que debemos permanecer allí indefinidamente. Podemos encontrarnos con oportunidades legítimas para servir a Dios y, al mismo tiempo, tener otras responsabilidades que también forman parte de nuestra obediencia. La voluntad de Dios no siempre se reduce a escoger entre una buena oportunidad y una mala oportunidad. A veces debemos discernir cuál es la prioridad en un momento determinado.
Pablo no abandonó la predicación, no dejó de servir ni perdió la visión del evangelio. Simplemente entendió que, en ese momento, necesitaba continuar su camino para encontrarse con Tito. No todas las puertas abiertas deben ser aprovechadas inmediatamente. Algunas oportunidades pueden esperar, algunas invitaciones pueden rechazarse, algunas actividades pueden quedar para otro momento; pero hay personas que quizá no puedan esperar.
Y quizás aquí encontramos una lección particularmente importante para quienes servimos dentro de la iglesia. Hay ocasiones en que debemos dejar por un momento aquello que parecía ser la gran oportunidad ministerial para ocuparnos de algo que, a los ojos del mundo, parece mucho más pequeño. Pablo podía predicar en Troas, pero necesitaba encontrar a Tito. Porque el evangelio no consiste solamente en proclamar un mensaje desde un púlpito; también consiste en vivir ese mensaje en nuestras relaciones, en nuestra preocupación por los hermanos, en nuestra fidelidad a quienes sirven junto a nosotros y en nuestra disposición a llevar las cargas de aquellos que Dios ha puesto en nuestro camino.
Quizás por eso este pasaje resulta tan humano. Pablo tenía grandes convicciones, una enorme pasión por el evangelio y una extraordinaria capacidad para soportar dificultades, pero también era un hombre que podía estar inquieto porque no encontraba a un hermano. Y lejos de disminuir su autoridad apostólica, esto nos permite verlo con mayor claridad: detrás del gran misionero había un hombre que amaba profundamente a la iglesia.
Y entonces aparece una expresión que cambia completamente el tono del pasaje: “Mas a Dios gracias”. Pablo acaba de hablar de inquietud, preocupación y movimiento. Pero de pronto levanta la mirada hacia Dios. “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús”. La expresión “nos lleva siempre en triunfo” ha sido interpretada algunas veces como si Pablo estuviera describiendo una vida cristiana caracterizada por éxito visible, prosperidad constante y ausencia de dificultades. Sin embargo, el contexto de la propia vida de Pablo hace imposible esa lectura. Él acaba de abandonar Troas con el corazón inquieto. En otros lugares hablará de persecuciones, sufrimientos, peligros, cárceles, naufragios, hambre y oposición. Entonces, ¿qué significa que Dios “nos lleva siempre en triunfo”? Pablo no está diciendo que siempre obtenemos aquello que queremos. Está diciendo que, independientemente de las circunstancias, Cristo sigue siendo victorioso y el ministerio de sus siervos participa de esa victoria. El triunfo no consiste en que todo salga como habíamos planeado. Consiste en que Cristo continúa siendo Señor aun cuando nuestros planes cambian.
Pablo había aprendido algo que necesitamos recordar con frecuencia: una puerta cerrada, un viaje inesperado, una oposición o incluso una etapa de incertidumbre no significan necesariamente que Dios haya abandonado su propósito. Cristo sigue obrando.
Y Pablo utiliza entonces una imagen extraordinariamente poderosa para explicar cómo Dios utiliza a sus siervos: “por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento”. Para comprender esta expresión debemos recordar el mundo romano en el que Pablo estaba escribiendo. La imagen del triunfo tenía un significado muy concreto. Cuando un general romano regresaba victorioso de una campaña militar, podía realizarse una procesión triunfal en la que el ejército, los prisioneros y distintos elementos del botín eran exhibidos públicamente. En ese contexto se quemaban perfumes e incienso, de manera que el aroma acompañaba toda la procesión. Pablo toma esa imagen y la utiliza para hablar del evangelio.
Pero hay algo particularmente interesante: en una procesión triunfal romana no todos experimentaban el mismo significado de aquel acontecimiento. Para los vencedores era celebración y victoria; para los prisioneros significaba derrota y muerte.
Por eso Pablo continúa diciendo que el evangelio es “grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden”; a unos, olor de vida para vida, y a otros, olor de muerte para muerte. El mismo mensaje puede producir respuestas completamente diferentes. No porque el evangelio sea diferente, sino porque la respuesta de las personas frente a Cristo es diferente.
Esto nos ayuda a comprender algo que a veces olvidamos cuando pensamos en nuestro servicio cristiano. Nuestra responsabilidad no consiste en lograr que absolutamente todos acepten el mensaje. Somos llamados a anunciar fielmente a Cristo. El resultado final pertenece a Dios.
Pablo podía llegar a una ciudad, predicar y ver personas responder al evangelio. También podía encontrar oposición, rechazo e incluso persecución. Pero ninguna de esas respuestas cambiaba la naturaleza del mensaje que había recibido. El evangelio seguía siendo el evangelio.
Y entonces Pablo hace una pregunta que parece salir directamente de su corazón: “¿Y para estas cosas, quién es suficiente?” Es una pregunta profundamente pastoral. ¿Quién es suficiente para llevar un mensaje tan grande? ¿Quién es suficiente para representar a Cristo, enseñar su Palabra, cuidar una iglesia y enfrentarse al pecado, al sufrimiento, a la oposición y a sus propias limitaciones? La respuesta implícita es evidente: nosotros, por nosotros mismos, no somos suficientes.
Pablo lo sabía. Después de tantos años de ministerio, después de haber plantado iglesias, predicado ante multitudes y enfrentado oposición, no había llegado al punto de pensar que podía confiar tranquilamente en sus propias capacidades.
Y eso nos lleva a una afirmación que resulta especialmente relevante para todo aquel que sirve a Cristo: “No somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios”. La palabra utilizada por Pablo transmite la idea de comerciar o manipular con fines de ganancia. Había personas que utilizaban el mensaje religioso como una mercancía. No buscaban simplemente anunciar fielmente la Palabra, sino obtener algún beneficio de ella.
El problema no era nuevo y tampoco ha desaparecido. Siempre ha existido la tentación de convertir el ministerio en una plataforma personal, la predicación en un mecanismo de enriquecimiento, los dones espirituales en instrumentos de prestigio y la Palabra de Dios en un producto que puede ser manipulado para satisfacer los intereses del predicador.
Pablo establece un contraste radical: “sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”. Aquí aparecen tres referencias que deberían estremecer a cualquiera que enseñe la Palabra: de parte de Dios, delante de Dios y en Cristo. De parte de Dios, porque el mensaje no nos pertenece. Delante de Dios, porque algún día tendremos que responder por la manera en que lo hemos comunicado. En Cristo, porque Él es el centro, el fundamento y el propósito de todo nuestro ministerio. Eso cambia completamente la manera de predicar. Cuando un hombre piensa que el púlpito le pertenece, puede utilizarlo para construir su propia imagen. Cuando recuerda que está hablando delante de Dios, comienza a temblar ante la responsabilidad. Cuando recuerda que está hablando en Cristo, deja de preguntarse cómo puede hacer que las personas lo admiren y comienza a preguntarse cómo puede hacer que conozcan mejor a Jesús.
Quizás aquí existe una conexión profunda con todo lo que hemos venido recorriendo en las cartas a los Corintios. Desde la primera carta, Pablo ha confrontado constantemente el orgullo espiritual, la competencia entre líderes, la búsqueda de reconocimiento y el uso incorrecto de los dones. Ahora vuelve a tocar el mismo problema desde otra perspectiva.
El ministerio no es nuestro, la iglesia no es nuestra, los dones no son nuestros, la Palabra no es nuestra y las personas tampoco son nuestras. Todo pertenece a Cristo. Por eso el verdadero siervo no necesita convertir cada oportunidad en una plataforma para demostrar su importancia. Puede predicar ante muchos o ante pocos, puede ser reconocido o permanecer prácticamente desconocido, puede encontrar una puerta abierta en Troas o tener que marcharse hacia Macedonia, puede recibir aplausos o enfrentar rechazo. Su seguridad no depende del tamaño de la oportunidad. Depende de Aquel a quien pertenece.
Y quizás esa sea precisamente la enseñanza que Pablo nos deja en este pasaje. Podemos tener planes que cambien, puertas que se abran y se cierren, colaboradores que necesitamos, iglesias que nos preocupan y momentos en que no sabemos exactamente qué sucederá después. Pero ninguna de esas circunstancias tiene la capacidad de sacar a Cristo del centro.
Dios sigue llevando adelante su obra. Nuestra tarea no consiste en controlar cada resultado, sino en permanecer fieles. No necesitamos ser suficientes en nosotros mismos. Necesitamos depender de Aquel que sí es suficiente.
Y cuando nuestra vida se convierte en un instrumento para que otros conozcan a Cristo, el verdadero triunfo no será que recuerden nuestro nombre, nuestra predicación o nuestra capacidad. Será que, a través de nosotros, hayan percibido el aroma de Cristo.
¿Estoy buscando que mi servicio produzca admiración hacia mí o que las personas puedan conocer mejor a Cristo? ¿Cómo reacciono cuando una puerta que parecía abierta se cierra o cuando mis planes ministeriales cambian? ¿Puedo decir, como Pablo, “a Dios gracias”, aun cuando no comprendo completamente lo que está ocurriendo?
Oración
Señor, gracias porque tú sigues llevando adelante tu obra aun cuando nuestros planes cambian y nuestras circunstancias no son las que esperábamos. Ayúdanos a no confundir las puertas abiertas con nuestra propia importancia ni los resultados visibles con la verdadera fidelidad. Haznos siervos que dependan de ti, que amen profundamente a las personas y que comprendan que la iglesia, los dones y el ministerio te pertenecen. Líbranos de falsificar tu Palabra para obtener reconocimiento, poder o beneficio personal. Que podamos hablar siempre con sinceridad, como de parte de ti, delante de ti y en Cristo. Y que allí donde nos lleves, nuestra vida pueda ser un grato olor de Cristo para quienes necesitan conocerlo. En el nombre de Jesús. Amén.