📖 Último devocional publicado
51. Cuando el miembro más débil resulta indispensable
📅 30-07-2026
1 Corintios 12:21–26 “Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios; y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a estos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan”. En los versículos anteriores Pablo corrigió un problema muy frecuente dentro de la iglesia: el sentimiento de inferioridad. Algunos creyentes podían pensar que, al no poseer dones visibles o ministerios públicos, tenían poco valor dentro del cuerpo de Cristo. Ahora el apóstol aborda el extremo opuesto. Ya no habla a quienes se sienten menos importantes. Habla a quienes, consciente o inconscientemente, comienzan a pensar que pueden prescindir de los demás. Por eso escribe una frase tan sencilla como contundente: “Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito”. La imagen resulta casi evidente. Imaginemos por un momento que nuestros ojos pudieran hablar. ¿Qué ocurriría si decidieran que las manos ya no son necesarias? Podrían contemplar un vaso con agua, pero jamás podrían tomarlo. Podrían ver el alimento, pero serían incapaces de llevarlo a la boca. Del mismo modo, una mano sin ojos tendría fuerza para trabajar, pero carecería de dirección. Lo mismo sucede con cada órgano del cuerpo humano. La aparente independencia es solo una ilusión. Todos necesitamos de todos. Esa es exactamente la realidad de la iglesia. El pastor necesita tanto de quien ora silenciosamente por él como quien ora necesita de quien predica la Palabra. El maestro necesita de quien administra. El evangelista necesita de quien discipula. El músico necesita de quien recibe con una sonrisa a quien entra por primera vez. Ningún ministerio existe aislado. Todos forman parte de una misma obra que pertenece únicamente a Cristo. Por eso Pablo añade algo que, incluso hoy, continúa resultando sorprendente: “Los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios”. Notemos cuidadosamente que no dice que sean realmente más débiles. Dice que parecen serlo. Desde nuestra perspectiva pueden pasar desapercibidos. Sin embargo, Dios los considera indispensables. Pensemos nuevamente en nuestro cuerpo. Cuando alguien observa a una persona, probablemente admire la fortaleza de sus brazos o la agilidad de sus piernas. Pero la vida no depende principalmente de esos órganos visibles. Basta que el corazón deje de latir durante unos minutos, o que un pequeño vaso sanguíneo del cerebro se obstruya, para que todo el cuerpo quede completamente afectado. Los órganos más vitales suelen ser precisamente aquellos que permanecen ocultos. En la iglesia ocurre exactamente lo mismo. Hay hermanos cuya labor nunca aparecerá en una fotografía. Nadie los invitará a una conferencia. Difícilmente escribirán un libro o dirigirán una multitud. Sin embargo, buena parte de la salud espiritual de una congregación descansa sobre creyentes cuya fidelidad solo Dios conoce plenamente. Quizás una hermana anciana que ya no puede asistir con regularidad a las reuniones, pero sostiene diariamente a la iglesia en oración. Quizás un matrimonio que, durante décadas, ha abierto silenciosamente las puertas de su hogar para acompañar a quienes atraviesan momentos difíciles. Quizás un hermano que cada semana visita a los enfermos sin esperar reconocimiento alguno. Quizás alguien que prepara con dedicación una sala para los niños mientras el resto participa del culto. Es posible que pocos conozcan sus nombres. Pero Dios sí los conoce. Y Pablo dice que son indispensables. Al revisar la vida de la iglesia contemporánea vemos que muchas veces hemos adoptado los mismos criterios de éxito que utiliza el mundo. Valoramos aquello que tiene mayor visibilidad. Celebramos al que comunica bien, al que dirige grandes ministerios o al que posee una personalidad carismática. Sin darnos cuenta, comenzamos a medir la importancia de un creyente por el alcance de su influencia. Pero el Reino de Dios nunca ha funcionado de esa manera. Jesús habló del grano de mostaza, de la levadura escondida en la masa, de la sal que desaparece dentro de los alimentos para cumplir su función. Casi siempre utilizó ejemplos donde lo pequeño y aparentemente insignificante terminaba produciendo los mayores resultados. Confieso que, como pastor, esta enseñanza me ha corregido muchas veces. Al mirar una congregación resulta natural fijarse primero en quienes sirven de manera más visible. Sin embargo, con el paso de los años he descubierto que la verdadera fortaleza de una iglesia casi nunca descansa únicamente en quienes ocupan la plataforma. Descansa, muchas veces, en esos creyentes sencillos que llegan antes que todos para preparar lo necesario, que permanecen después cuando los demás ya se han ido, que llaman por teléfono al hermano enfermo, que oran sin hacer ruido y que sostienen con su fidelidad cotidiana la vida de la congregación. Algunos de ellos jamás predicarán un sermón, pero su influencia eterna probablemente será mucho mayor de lo que ellos mismos imaginan. Pablo continúa diciendo que los miembros que consideramos menos dignos reciben mayor honra. En nuestro cuerpo protegemos cuidadosamente los órganos más delicados. Nadie considera extraño cuidar con esmero los ojos o el corazón. Al contrario, precisamente porque son valiosos los tratamos con mayor atención. Ese principio también debería reflejarse en la iglesia. Cuanto más vulnerable sea un hermano, mayor debería ser nuestro cuidado hacia él. Cuanto más débil sea alguien en la fe, más paciencia deberíamos demostrar. Cuanto más frágil atraviese una persona una etapa de su vida, más amor debería encontrar entre nosotros. Lamentablemente, a veces ocurre lo contrario. Sin proponérnoslo, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a quienes menos lo necesitan y dejamos prácticamente solos a quienes más requieren nuestro acompañamiento. Pablo explica que Dios diseñó deliberadamente el cuerpo de esa manera “para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros”. Qué hermosa definición de la vida cristiana. La iglesia no es simplemente un lugar donde asistimos a recibir enseñanza. Es un cuerpo donde aprendemos a llevar mutuamente las cargas, a alegrarnos con quienes se alegran y a llorar con quienes lloran. Por eso concluye con una de las frases más profundas de toda la carta: “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él; y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan”. Ese es el verdadero examen de la comunión cristiana. No consiste únicamente en compartir un mismo espacio. Consiste en compartir una misma vida. Cuando un hermano atraviesa una prueba, toda la iglesia debería sentir el peso de ese dolor. Cuando Dios bendice a uno de sus hijos, toda la iglesia debería alegrarse sinceramente, sin espacio para la envidia ni la competencia. Solo el evangelio puede producir una comunidad así. El mundo nos enseña a competir. Cristo nos enseña a compartir. El mundo celebra el éxito individual. Cristo nos invita a vivir como un cuerpo donde el bien de uno termina siendo el bien de todos. Dietrich Bonhoeffer escribió una frase que ilumina maravillosamente este pasaje: “El cristiano no pertenece a sí mismo; pertenece a Cristo y, por eso mismo, pertenece también a sus hermanos”. Esa es la esencia de la iglesia. No somos individuos que coinciden ocasionalmente en un mismo edificio. Somos una familia unida por la sangre de Cristo, un cuerpo donde cada miembro resulta indispensable y donde el amor mutuo revela al mundo la presencia del Señor. Quizás todos deberíamos preguntarnos no solo cómo estamos sirviendo, sino también cómo estamos mirando a quienes sirven junto a nosotros. Porque es posible admirar a los más visibles y pasar por alto precisamente a aquellos que Dios considera indispensables. ¿He aprendido a valorar a cada hermano como una parte necesaria del cuerpo de Cristo? ¿Me alegro sinceramente cuando Dios honra a otros y me duele de verdad cuando alguno de mis hermanos atraviesa el sufrimiento? Oración Señor, gracias porque en tu sabiduría formaste un solo cuerpo donde cada miembro tiene un lugar y un propósito. Perdónanos cuando hemos despreciado a quienes parecen menos importantes o cuando hemos pensado que podemos caminar sin necesitar de nuestros hermanos. Enséñanos a mirar a la iglesia con tus ojos, valorando a cada persona como alguien precioso para ti. Danos un corazón sensible para sufrir con quienes sufren, alegrarnos con quienes reciben bendición y servirnos unos a otros con humildad y amor. Que nuestra comunión refleje la unidad que Cristo compró con su sangre y que el mundo pueda reconocer, al vernos vivir así, que verdaderamente pertenecemos a Él. En el nombre de Jesús. Amén.