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80. Una puerta abierta en medio de la oposición

📅 28-08-2026

2 Corintios 2:12–17 “Cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo, aunque se me abrió puerta en el Señor, no tuve reposo en mi espíritu, por no haber hallado a mi hermano Tito; así, despidiéndome de ellos, partí para Macedonia. Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a estos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquellos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”. Pablo continúa relatando algunos acontecimientos que permiten ver cómo se desarrollaba su ministerio mientras intentaba saber qué estaba ocurriendo con los corintios. Y nuevamente encontramos algo que puede sorprendernos: Pablo llega a Troas, encuentra una puerta abierta para predicar el evangelio, pero finalmente decide continuar su viaje porque no encuentra a Tito. A primera vista podríamos pensar que Pablo simplemente perdió una buena oportunidad. Había llegado a una ciudad estratégica, el Señor había abierto una puerta y aparentemente existían condiciones favorables para anunciar el evangelio. Sin embargo, Pablo no podía desentenderse de lo que estaba ocurriendo con los corintios. Necesitaba saber cómo habían recibido su carta y qué había sucedido después de aquella dolorosa confrontación. “Cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo, aunque se me abrió puerta en el Señor, no tuve reposo en mi espíritu, por no haber hallado a mi hermano Tito”. Esta frase nos permite mirar nuevamente el corazón del apóstol. Pablo no era una máquina de producir resultados ministeriales. También tenía preocupaciones, afectos, incertidumbres y cargas que podían afectar profundamente su ánimo. La ausencia de Tito le impedía estar tranquilo. Y quizás aquí nos resulte útil detenernos en algo que para nosotros es casi imposible imaginar. Hoy, cuando viajamos a otra ciudad para predicar, enseñar o participar en alguna actividad ministerial, damos por sentado que podremos comunicarnos con quienes están esperándonos. Llamamos por teléfono, enviamos un correo, escribimos un WhatsApp, preguntamos quién nos recogerá, confirmamos una dirección y, si es necesario, hacemos una videollamada por Zoom, Meet o cualquier otra plataforma. Si alguien no aparece, podemos tomar nuestro teléfono y preguntar inmediatamente qué sucedió. Pablo no tenía ninguna de esas posibilidades. Las cartas eran prácticamente el principal medio de comunicación a distancia y podían tardar considerablemente en llegar. Una vez que alguien emprendía un viaje, no existía la posibilidad de enviar un mensaje instantáneo para saber dónde estaba, por qué se había retrasado o qué había ocurrido. La incertidumbre formaba parte de la vida cotidiana de aquellos primeros misioneros. Por eso podemos comprender mejor lo que significa que Pablo dijera que “no tuvo reposo en su espíritu” porque no encontró a Tito. No estaba simplemente molesto porque un colaborador no había llegado a tiempo. Estaba esperando noticias de una iglesia que le preocupaba profundamente y que había atravesado una relación dolorosa con él. Había enviado una carta difícil, había dejado a Tito encargado de conocer la reacción de los corintios y ahora, al llegar a Troas, no encontraba a la persona que podía entregarle esas noticias. La distancia hacía que la incertidumbre fuera mucho más pesada. Pablo podía tener una puerta abierta para predicar, pero no tenía información sobre sus hermanos. Podía saber que Dios estaba obrando en Troas y, al mismo tiempo, llevar en su corazón la preocupación por lo que estaba ocurriendo en Corinto. El ministerio no eliminaba sus emociones ni sus relaciones. Al contrario, precisamente porque amaba a las personas que Dios había puesto bajo su cuidado, aquello que les ocurría podía afectar profundamente su corazón. Tito no era simplemente un colaborador administrativo. Era alguien en quien Pablo confiaba y a quien había enviado a Corinto. Por eso su llegada era importante. Pablo necesitaba conocer de primera mano cómo había respondido la iglesia después de la fuerte carta que les había enviado. La ausencia de Tito mantenía abierta una incertidumbre que Pablo no podía resolver simplemente con sus propios pensamientos. Aquí aparece una tensión que conocemos muy bien en la vida cristiana. A veces Dios abre una puerta delante de nosotros, pero nosotros seguimos cargando una preocupación que no desaparece simplemente porque la oportunidad sea buena. Pablo tenía una puerta abierta, pero tenía el corazón inquieto. Y esto también nos ayuda a comprender algo acerca del liderazgo cristiano que fácilmente podemos perder de vista. El éxito ministerial no puede medirse solamente por las puertas que se abren para predicar. Pablo tenía una puerta abierta en Troas, pero su corazón estaba inquieto por Tito y por los corintios. Para él, las personas no eran simplemente una parte secundaria de la misión. Eran parte de la misión misma. Quizás nosotros también necesitemos recuperar esa perspectiva. Es posible estar tan concentrados en aprovechar las oportunidades ministeriales que terminemos olvidando a las personas que Dios nos ha confiado. Podemos celebrar una agenda llena, nuevas invitaciones, reuniones numerosas y puertas que se abren, mientras alguien cercano atraviesa una dificultad y necesita simplemente que nos detengamos para saber cómo está. Pablo nos recuerda que el ministerio cristiano no consiste únicamente en llegar a lugares donde se abren puertas para predicar. También consiste en amar a las personas, preocuparnos por ellas, esperar noticias, cargar sus problemas y permitir que sus alegrías y dolores tengan un lugar dentro de nuestro propio corazón. Finalmente, Pablo deja Troas y parte hacia Macedonia. El texto no nos permite concluir que haya cometido un error al hacerlo, ni tampoco nos dice que la puerta que encontró en Troas dejara de ser una oportunidad de Dios. Simplemente nos muestra que, en aquel momento, Pablo consideró necesario continuar su camino. Allí esperaba encontrar a Tito y recibir las noticias que tanto necesitaba acerca de los corintios. Esto nos recuerda que una puerta abierta no siempre significa que debemos permanecer allí indefinidamente. Podemos encontrarnos con oportunidades legítimas para servir a Dios y, al mismo tiempo, tener otras responsabilidades que también forman parte de nuestra obediencia. La voluntad de Dios no siempre se reduce a escoger entre una buena oportunidad y una mala oportunidad. A veces debemos discernir cuál es la prioridad en un momento determinado. Pablo no abandonó la predicación, no dejó de servir ni perdió la visión del evangelio. Simplemente entendió que, en ese momento, necesitaba continuar su camino para encontrarse con Tito. No todas las puertas abiertas deben ser aprovechadas inmediatamente. Algunas oportunidades pueden esperar, algunas invitaciones pueden rechazarse, algunas actividades pueden quedar para otro momento; pero hay personas que quizá no puedan esperar. Y quizás aquí encontramos una lección particularmente importante para quienes servimos dentro de la iglesia. Hay ocasiones en que debemos dejar por un momento aquello que parecía ser la gran oportunidad ministerial para ocuparnos de algo que, a los ojos del mundo, parece mucho más pequeño. Pablo podía predicar en Troas, pero necesitaba encontrar a Tito. Porque el evangelio no consiste solamente en proclamar un mensaje desde un púlpito; también consiste en vivir ese mensaje en nuestras relaciones, en nuestra preocupación por los hermanos, en nuestra fidelidad a quienes sirven junto a nosotros y en nuestra disposición a llevar las cargas de aquellos que Dios ha puesto en nuestro camino. Quizás por eso este pasaje resulta tan humano. Pablo tenía grandes convicciones, una enorme pasión por el evangelio y una extraordinaria capacidad para soportar dificultades, pero también era un hombre que podía estar inquieto porque no encontraba a un hermano. Y lejos de disminuir su autoridad apostólica, esto nos permite verlo con mayor claridad: detrás del gran misionero había un hombre que amaba profundamente a la iglesia. Y entonces aparece una expresión que cambia completamente el tono del pasaje: “Mas a Dios gracias”. Pablo acaba de hablar de inquietud, preocupación y movimiento. Pero de pronto levanta la mirada hacia Dios. “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús”. La expresión “nos lleva siempre en triunfo” ha sido interpretada algunas veces como si Pablo estuviera describiendo una vida cristiana caracterizada por éxito visible, prosperidad constante y ausencia de dificultades. Sin embargo, el contexto de la propia vida de Pablo hace imposible esa lectura. Él acaba de abandonar Troas con el corazón inquieto. En otros lugares hablará de persecuciones, sufrimientos, peligros, cárceles, naufragios, hambre y oposición. Entonces, ¿qué significa que Dios “nos lleva siempre en triunfo”? Pablo no está diciendo que siempre obtenemos aquello que queremos. Está diciendo que, independientemente de las circunstancias, Cristo sigue siendo victorioso y el ministerio de sus siervos participa de esa victoria. El triunfo no consiste en que todo salga como habíamos planeado. Consiste en que Cristo continúa siendo Señor aun cuando nuestros planes cambian. Pablo había aprendido algo que necesitamos recordar con frecuencia: una puerta cerrada, un viaje inesperado, una oposición o incluso una etapa de incertidumbre no significan necesariamente que Dios haya abandonado su propósito. Cristo sigue obrando. Y Pablo utiliza entonces una imagen extraordinariamente poderosa para explicar cómo Dios utiliza a sus siervos: “por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento”. Para comprender esta expresión debemos recordar el mundo romano en el que Pablo estaba escribiendo. La imagen del triunfo tenía un significado muy concreto. Cuando un general romano regresaba victorioso de una campaña militar, podía realizarse una procesión triunfal en la que el ejército, los prisioneros y distintos elementos del botín eran exhibidos públicamente. En ese contexto se quemaban perfumes e incienso, de manera que el aroma acompañaba toda la procesión. Pablo toma esa imagen y la utiliza para hablar del evangelio. Pero hay algo particularmente interesante: en una procesión triunfal romana no todos experimentaban el mismo significado de aquel acontecimiento. Para los vencedores era celebración y victoria; para los prisioneros significaba derrota y muerte. Por eso Pablo continúa diciendo que el evangelio es “grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden”; a unos, olor de vida para vida, y a otros, olor de muerte para muerte. El mismo mensaje puede producir respuestas completamente diferentes. No porque el evangelio sea diferente, sino porque la respuesta de las personas frente a Cristo es diferente. Esto nos ayuda a comprender algo que a veces olvidamos cuando pensamos en nuestro servicio cristiano. Nuestra responsabilidad no consiste en lograr que absolutamente todos acepten el mensaje. Somos llamados a anunciar fielmente a Cristo. El resultado final pertenece a Dios. Pablo podía llegar a una ciudad, predicar y ver personas responder al evangelio. También podía encontrar oposición, rechazo e incluso persecución. Pero ninguna de esas respuestas cambiaba la naturaleza del mensaje que había recibido. El evangelio seguía siendo el evangelio. Y entonces Pablo hace una pregunta que parece salir directamente de su corazón: “¿Y para estas cosas, quién es suficiente?” Es una pregunta profundamente pastoral. ¿Quién es suficiente para llevar un mensaje tan grande? ¿Quién es suficiente para representar a Cristo, enseñar su Palabra, cuidar una iglesia y enfrentarse al pecado, al sufrimiento, a la oposición y a sus propias limitaciones? La respuesta implícita es evidente: nosotros, por nosotros mismos, no somos suficientes. Pablo lo sabía. Después de tantos años de ministerio, después de haber plantado iglesias, predicado ante multitudes y enfrentado oposición, no había llegado al punto de pensar que podía confiar tranquilamente en sus propias capacidades. Y eso nos lleva a una afirmación que resulta especialmente relevante para todo aquel que sirve a Cristo: “No somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios”. La palabra utilizada por Pablo transmite la idea de comerciar o manipular con fines de ganancia. Había personas que utilizaban el mensaje religioso como una mercancía. No buscaban simplemente anunciar fielmente la Palabra, sino obtener algún beneficio de ella. El problema no era nuevo y tampoco ha desaparecido. Siempre ha existido la tentación de convertir el ministerio en una plataforma personal, la predicación en un mecanismo de enriquecimiento, los dones espirituales en instrumentos de prestigio y la Palabra de Dios en un producto que puede ser manipulado para satisfacer los intereses del predicador. Pablo establece un contraste radical: “sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”. Aquí aparecen tres referencias que deberían estremecer a cualquiera que enseñe la Palabra: de parte de Dios, delante de Dios y en Cristo. De parte de Dios, porque el mensaje no nos pertenece. Delante de Dios, porque algún día tendremos que responder por la manera en que lo hemos comunicado. En Cristo, porque Él es el centro, el fundamento y el propósito de todo nuestro ministerio. Eso cambia completamente la manera de predicar. Cuando un hombre piensa que el púlpito le pertenece, puede utilizarlo para construir su propia imagen. Cuando recuerda que está hablando delante de Dios, comienza a temblar ante la responsabilidad. Cuando recuerda que está hablando en Cristo, deja de preguntarse cómo puede hacer que las personas lo admiren y comienza a preguntarse cómo puede hacer que conozcan mejor a Jesús. Quizás aquí existe una conexión profunda con todo lo que hemos venido recorriendo en las cartas a los Corintios. Desde la primera carta, Pablo ha confrontado constantemente el orgullo espiritual, la competencia entre líderes, la búsqueda de reconocimiento y el uso incorrecto de los dones. Ahora vuelve a tocar el mismo problema desde otra perspectiva. El ministerio no es nuestro, la iglesia no es nuestra, los dones no son nuestros, la Palabra no es nuestra y las personas tampoco son nuestras. Todo pertenece a Cristo. Por eso el verdadero siervo no necesita convertir cada oportunidad en una plataforma para demostrar su importancia. Puede predicar ante muchos o ante pocos, puede ser reconocido o permanecer prácticamente desconocido, puede encontrar una puerta abierta en Troas o tener que marcharse hacia Macedonia, puede recibir aplausos o enfrentar rechazo. Su seguridad no depende del tamaño de la oportunidad. Depende de Aquel a quien pertenece. Y quizás esa sea precisamente la enseñanza que Pablo nos deja en este pasaje. Podemos tener planes que cambien, puertas que se abran y se cierren, colaboradores que necesitamos, iglesias que nos preocupan y momentos en que no sabemos exactamente qué sucederá después. Pero ninguna de esas circunstancias tiene la capacidad de sacar a Cristo del centro. Dios sigue llevando adelante su obra. Nuestra tarea no consiste en controlar cada resultado, sino en permanecer fieles. No necesitamos ser suficientes en nosotros mismos. Necesitamos depender de Aquel que sí es suficiente. Y cuando nuestra vida se convierte en un instrumento para que otros conozcan a Cristo, el verdadero triunfo no será que recuerden nuestro nombre, nuestra predicación o nuestra capacidad. Será que, a través de nosotros, hayan percibido el aroma de Cristo. ¿Estoy buscando que mi servicio produzca admiración hacia mí o que las personas puedan conocer mejor a Cristo? ¿Cómo reacciono cuando una puerta que parecía abierta se cierra o cuando mis planes ministeriales cambian? ¿Puedo decir, como Pablo, “a Dios gracias”, aun cuando no comprendo completamente lo que está ocurriendo? Oración Señor, gracias porque tú sigues llevando adelante tu obra aun cuando nuestros planes cambian y nuestras circunstancias no son las que esperábamos. Ayúdanos a no confundir las puertas abiertas con nuestra propia importancia ni los resultados visibles con la verdadera fidelidad. Haznos siervos que dependan de ti, que amen profundamente a las personas y que comprendan que la iglesia, los dones y el ministerio te pertenecen. Líbranos de falsificar tu Palabra para obtener reconocimiento, poder o beneficio personal. Que podamos hablar siempre con sinceridad, como de parte de ti, delante de ti y en Cristo. Y que allí donde nos lleves, nuestra vida pueda ser un grato olor de Cristo para quienes necesitan conocerlo. En el nombre de Jesús. Amén.

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