📅 09-07-20261 Corintios 9:7–14
”¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no toma de la leche del rebaño? ¿Digo esto solo como hombre? ¿No dice esto también la ley? Porque en la ley de Moisés está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes, o lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió; porque con esperanza debe arar el que ara, y el que trilla, con esperanza de recibir del fruto. Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material? Si otros participan de este derecho sobre vosotros, ¿cuánto más nosotros? Pero no hemos usado de este derecho, sino que lo soportamos todo, por no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo. ¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar, del altar participan? Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio”.
Después de haber defendido la autenticidad de su apostolado, Pablo continúa desarrollando el mismo argumento que viene construyendo desde el inicio del capítulo. Todavía no ha cambiado de tema. Si en los primeros versículos demostró que realmente era apóstol y, por tanto, poseía autoridad para hablar de sus derechos, ahora se dispone a demostrar que esos derechos no eran una aspiración personal ni un privilegio inventado por él. Eran derechos legítimos, establecidos por Dios mismo.
Para probarlo, recurre primero a ejemplos sencillos, tomados de la vida cotidiana. Un soldado no financia de su propio bolsillo la guerra en la que sirve. El agricultor participa del fruto de la viña que cultiva. El pastor se alimenta de aquello que produce el rebaño que cuida. Ninguna de esas imágenes necesitaba explicación para los corintios. Todos comprendían que existe un principio de justicia profundamente arraigado en la vida humana: quien dedica su trabajo y sus fuerzas a una labor participa legítimamente de los beneficios que esa labor produce.
Sin embargo, Pablo no basa su enseñanza únicamente en el sentido común. Como acostumbra hacerlo, conduce a sus lectores hasta las Escrituras. Cita un mandamiento de la ley de Moisés que, a primera vista, podría parecernos extraño: “No pondrás bozal al buey que trilla”. Mientras el animal separaba el grano de la paja, no debía impedírsele comer de aquello mismo sobre lo cual trabajaba.
Podríamos pensar que se trata simplemente de una norma acerca del buen trato hacia los animales. Pero Pablo descubre en ese mandato un principio mucho más profundo. Detrás de esa disposición está el carácter justo de Dios. El Señor no solo se preocupa por el bienestar del buey; está enseñando que quien trabaja debe poder participar del fruto de su labor. Si ese principio era válido para un animal de carga, cuánto más para quienes dedican su vida al servicio del Reino de Dios.
El argumento alcanza entonces su punto culminante. Pablo deja de apelar a las ilustraciones y a la Ley para recordar una enseñanza directa del Señor Jesucristo: “Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio”.
Con esa afirmación ya no queda espacio para las dudas. No estamos simplemente frente a una conclusión lógica ni a una aplicación ingeniosa del Antiguo Testamento. Es Cristo mismo quien estableció este principio cuando envió a sus discípulos a predicar y les recordó que “el obrero es digno de su salario”. El sustento de quienes dedican su vida al anuncio del evangelio no es una concesión de la iglesia ni una idea de Pablo. Es un principio que el mismo Señor confirmó.
Esto debería bastar para despejar cualquier confusión. La Biblia no considera incorrecto que quienes sirven de manera permanente al pueblo de Dios reciban el sustento necesario para hacerlo. Lejos de avergonzarse de esta enseñanza, Pablo la expone con absoluta naturalidad. El ministerio demanda tiempo, preparación, estudio constante de las Escrituras, oración, acompañamiento pastoral, cuidado de personas y una disponibilidad que pocas vocaciones exigen. Quienes han sido llamados a dedicar su vida a esa tarea no están haciendo un favor a la iglesia; están respondiendo a un llamado de Dios. Y la iglesia, como parte del mismo cuerpo de Cristo, participa también del privilegio y la responsabilidad de sostener esa obra.
Hasta aquí el argumento parece sencillo. Sin embargo, como suele ocurrir, una verdad tan clara también ha sido una de las más distorsionadas a lo largo de la historia de la iglesia.
Algunos han utilizado este pasaje para justificar ministerios dominados por la codicia. Han transformado el evangelio en un medio para enriquecerse y han presentado la fe como un camino hacia la prosperidad económica. Poco a poco, el centro deja de ser Cristo y pasa a ser el dinero. El púlpito se convierte en una plataforma para prometer riqueza, éxito o bienestar material, mientras la cruz queda relegada a un segundo plano.
Pero esa mirada no resiste una lectura honesta del texto. Basta seguir avanzando unos pocos versículos para descubrir que el mismo Pablo, después de demostrar ampliamente que tenía derecho a recibir ese sustento, explica que decidió renunciar voluntariamente a él en determinadas circunstancias para no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo.
Es imposible utilizar este capítulo para defender la avaricia ministerial, porque el propio autor hace exactamente lo contrario. Pablo afirma el derecho, pero demuestra que el amor por el evangelio siempre estuvo por encima de ese derecho.
Sin embargo, existe otro extremo del que se habla mucho menos y que, en algunos de nuestros contextos, ha llegado a parecer incluso una virtud. Me refiero a la idea de que un pastor, un misionero o un obrero cristiano debería dedicar toda su vida al servicio de la iglesia, pero que hablar de su sustento resulta casi una señal de falta de espiritualidad.
Confieso que este tema siempre me ha hecho reflexionar. Llevo más de veinte años sirviendo como pastor y, por una decisión personal, nunca he vivido del ministerio. Dios me permitió desarrollar una profesión y siempre procuré sostener a mi familia mediante mi trabajo secular. No lo digo como un mérito ni como un modelo que todos deban imitar. Ha sido simplemente el camino que el Señor trazó para mi vida.
Recuerdo que hace algunos años compré un automóvil semi nuevo, usado, pero que estaba en excelentes condiciones. En una oportunidad llevé a un hermano de otra congregación y, apenas subió al vehículo, sonrió y comentó: “Están buenos los diezmos”. No me ofendí, porque sabía perfectamente que ese automóvil no había sido comprado con recursos de la iglesia. Pero aquella frase me hizo pensar. Reflejaba una sospecha que, lamentablemente, existe en muchos de nuestros países: la idea de que, si un pastor tiene una buena situación económica, probablemente es porque está aprovechándose del pueblo de Dios.
No podemos negar que algunos falsos maestros han alimentado esa desconfianza. Han convertido el ministerio en un negocio, han manipulado la fe de las personas y han usado el nombre de Cristo para enriquecerse. Sus abusos han producido un enorme daño al testimonio del evangelio, y es correcto denunciarlos con claridad. La Escritura misma lo hace.
Pero sería igualmente injusto colocar bajo esa misma sospecha a todo siervo fiel que, con transparencia e integridad, recibe el sustento que la Biblia reconoce como legítimo. El problema nunca ha sido que un pastor viva del evangelio. El problema comienza cuando alguien vive para el dinero usando el evangelio.
Sin embargo, mientras denunciamos con razón los excesos del llamado evangelio de la prosperidad, corremos el riesgo de caer en el extremo opuesto. En muchas iglesias latinoamericanas se espera que el pastor esté disponible a cualquier hora del día. Se espera que predique con excelencia, visite enfermos, acompañe a las familias en sus alegrías y en sus crisis, aconseje matrimonios, enseñe la Palabra, administre la iglesia, forme líderes y continúe preparándose constantemente. Pero cuando llega el momento de hablar de su sustento, algunos reaccionan como si se estuviera planteando algo impropio.
Volviendo al pasaje, eso tampoco refleja la enseñanza bíblica. El mismo Dios que denuncia a quienes mercantilizan el evangelio también afirma que el obrero es digno de recibir aquello que necesita para servir con libertad y fidelidad. No se trata de enriquecer a los ministros, sino de reconocer que el cuidado del pueblo de Dios también requiere tiempo, preparación, esfuerzo y una entrega que merece ser valorada.
Muchas veces he pensado en esto desde mi propia experiencia profesional. Llevo más de treinta años trabajando en el área de la informática. Cuando recién comenzaba, desarrollar un programa o resolver un problema complejo podía tomarme días completos. Hoy, gracias a la experiencia acumulada durante tantos años, muchas veces puedo identificar rápidamente el origen del problema y visualizar distintas alternativas de solución. Nadie considera extraño que esa experiencia tenga valor. Al contrario, precisamente por ella una persona llega a ser más útil en su profesión.
En el ministerio ocurre algo semejante. Recuerdo que, cuando recién comenzaba a predicar, necesitaba prácticamente toda la semana para preparar un sermón. Cada pasaje exigía largas horas de estudio, consulta y organización. Con el paso de los años, después de miles de horas leyendo las Escrituras, enseñándolas, predicándolas y caminando con ellas, el proceso es diferente. Muchas veces basta comprender la dirección que el Señor quiere dar al mensaje para que la estructura del sermón comience a surgir con naturalidad. Eso no significa estudiar menos ni improvisar. Significa que la experiencia también forma parte del llamado ministerial. El mensaje que la iglesia escucha un domingo no nace solamente de las horas de esa semana, sino de décadas caminando con la Palabra de Dios.
A eso debemos añadir otra realidad que quienes vivimos en América Latina conocemos muy bien. Salvo algunas excepciones, la mayoría de nuestras congregaciones son pequeñas. No existen grandes equipos pastorales ni departamentos especializados para cada necesidad. Casi todo termina llegando al pastor. Si hay que preparar la predicación, allí está el pastor. Si alguien necesita consejería, llaman al pastor. Si un hermano está enfermo, esperan al pastor. Si surge un conflicto, buscan al pastor. Si aparece un problema administrativo o incluso una reparación en el templo, muchas veces la primera pregunta sigue siendo: “Pastor, ¿qué hacemos?”.
No lo digo como una queja. Así ha sido la realidad de miles de iglesias durante generaciones. Pero precisamente por eso deberíamos valorar mucho más a quienes dedican su vida al cuidado del rebaño.
Recuerdo también a uno de mis profesores del seminario. Era un pastor anciano, con toda una vida dedicada al ministerio. En una conversación informal nos comentó el monto de su jubilación. En Chile, al llegar a la edad legal de retiro, las personas reciben una pensión proveniente de sus ahorros previsionales y, en muchos casos, complementada con aportes estatales cuando esos fondos resultan insuficientes. Aquel pastor recibía una jubilación muy baja. ¿La razón? Durante gran parte de su ministerio, la iglesia nunca realizó las cotizaciones previsionales correspondientes. Había entregado su vida al servicio del Señor, pero llegó a la vejez enfrentando una situación económica muy difícil.
Con los años muchas iglesias comenzaron a corregir esa realidad, y doy gracias a Dios por ello. Pero esa conversación nunca se borró de mi memoria. Me recordó que, a veces, detrás de un discurso aparentemente espiritual también puede esconderse una profunda injusticia.
El cuidado de quienes sirven al Señor no comienza cuando envejecen. Comienza mucho antes, cuando la iglesia comprende que sostener dignamente a sus pastores, misioneros y obreros no es un gasto innecesario, sino una forma concreta de participar en la obra del evangelio.
Al volver al texto, comprendemos mejor la intención de Pablo. Él no está escribiendo para reclamar un beneficio personal ni para presionar a la iglesia a sostenerlo económicamente. Si ese hubiera sido su propósito, el resto del capítulo carecería de sentido. Lo que hace es mucho más profundo. Primero establece el principio bíblico y demuestra que ese derecho existe. Luego, en los versículos siguientes, explicará por qué, en determinadas circunstancias, decidió renunciar voluntariamente a ejercerlo.
Ese detalle cambia por completo la lectura del pasaje. La Biblia rechaza con la misma firmeza dos errores que, aunque parezcan opuestos, nacen del mismo problema: perder de vista el evangelio. Por un lado, condena a quienes convierten el ministerio en un medio para enriquecerse, manipulando la fe y utilizando el nombre de Cristo para obtener beneficios personales. Por otro, también corrige a quienes consideran normal que quienes dedican su vida al cuidado del pueblo de Dios vivan permanentemente en la precariedad, como si la pobreza fuera una condición necesaria para demostrar fidelidad.
Ninguno de esos extremos honra al Señor. La iglesia necesita recuperar el equilibrio bíblico. Debe ser generosa con quienes la sirven fielmente, pero también debe esperar de ellos una integridad que refleje el carácter de Cristo. El dinero nunca puede gobernar el ministerio, pero tampoco debemos actuar como si el sustento de quienes sirven fuera un asunto sin importancia.
Quizás aquí conviene hacernos una pregunta incómoda. ¿Cómo entendemos realmente el ministerio? ¿Como una profesión destinada a asegurar estabilidad económica? ¿O como una vocación que exige sacrificio permanente sin importar las necesidades de quien sirve? La Escritura no nos permite abrazar ninguno de esos extremos. Presenta el ministerio como un llamado santo, digno de ser sostenido por la iglesia y, al mismo tiempo, digno de ser ejercido con desprendimiento, humildad y amor.
Estas palabras no interpelan únicamente a pastores, misioneros o líderes. También alcanzan a toda la iglesia. Porque todos, de una u otra manera, servimos al Señor, y todos podemos caer en la tentación de buscar recompensas equivocadas. Podemos servir esperando reconocimiento, gratitud, influencia o prestigio. Y cuando esas expectativas no se cumplen, fácilmente aparece la frustración.
Pablo nos recuerda que el verdadero motor del servicio cristiano nunca puede ser aquello que recibimos de las personas, sino el privilegio de haber sido llamados por Cristo. Cuando Él ocupa el centro de nuestro corazón, los derechos dejan de convertirse en exigencias y pasan a ser herramientas que pueden usarse o incluso dejarse de lado si eso favorece el avance del evangelio.
Y justamente allí es donde el argumento de Pablo alcanza su mayor belleza. Después de dedicar catorce versículos a demostrar que tenía pleno derecho a vivir del evangelio, hará algo completamente inesperado: nos mostrará que el amor por Cristo puede llevar a un creyente a renunciar incluso a un derecho legítimo cuando ese derecho amenaza con convertirse en un obstáculo para otros. Ese será el corazón del próximo pasaje.
Como escribió John Stott: “La esencia del liderazgo cristiano no es el poder, sino el servicio”. Pocas frases resumen mejor el espíritu de este capítulo. Los derechos existen. Son reales. Son legítimos. Pero nunca ocupan el primer lugar. El evangelio siempre está por encima de ellos.
La gracia que transforma también purifica nuestras motivaciones. Nos enseña a sostener con gratitud a quienes sirven fielmente al Señor y, al mismo tiempo, recuerda a quienes servimos que nuestro mayor tesoro nunca será el sustento que recibimos, sino el Salvador a quien anunciamos. Cuando Cristo permanece en el centro, desaparece tanto la codicia como el resentimiento; tanto la ambición como la falsa espiritualidad. Entonces comprendemos que servir al Rey de reyes sigue siendo el privilegio más grande que un ser humano puede recibir.
¿Qué lugar ocupa Cristo en tus motivaciones para servir? ¿Buscas principalmente lo que puedes recibir de la obra de Dios, o encuentras tu mayor satisfacción en participar humildemente de ella para la gloria de su nombre?
Oración
Señor, gracias porque tú sigues llamando a hombres y mujeres para anunciar tu evangelio y pastorear a tu pueblo. Danos una iglesia generosa, que sepa valorar y sostener con gratitud a quienes sirven fielmente, y levanta también siervos cuyo corazón permanezca libre del amor al dinero y de toda ambición personal.
Guárdanos de los dos extremos que tanto daño han causado a tu Iglesia: de convertir el ministerio en un negocio y de considerar normal que quienes entregan su vida al cuidado de tu pueblo vivan en el abandono. Enséñanos a vivir el equilibrio de tu Palabra, donde la generosidad y la integridad caminan siempre de la mano.
Purifica también nuestras motivaciones. Que nunca sirvamos buscando reconocimiento, prestigio o recompensas humanas, sino por el inmenso privilegio de pertenecer a Cristo y colaborar en la extensión de su Reino. Haz que nuestra mayor alegría no sea aquello que podamos recibir, sino el honor de anunciar al Salvador que entregó su vida por nosotros.
Y si alguna vez debemos escoger entre nuestros derechos y el avance del evangelio, danos la sabiduría, la humildad y el amor necesarios para elegir siempre aquello que más glorifique tu nombre.
En el nombre de Jesús. Amén